¿Crees en las almas separadas? Yo nunca he creído en ello. Me parecía una idea fantasiosa, donde nada tenía sentido.
La primera vez que escuché al respecto fue cuando tenía nueve años. Estaba sentada en la orilla de la playa con mi familia. Había sido un día mágico para mí, jugaba con mis primos en las olas, mientras nuestros padres nos vigilaban desde la orilla.
Al caer el sol, mis tíos encendieron una fogata y mis abuelos se sentaron a nuestro lado a cantar y hablar, mientras asábamos pescados en el viviente fuego.
Recuerdo que sentía la arena en mis pies, y mi cuerpo ardía por el sol recibido durante el día. Pero aún así me encantaba. De pronto mi tía dejó de tocar la guitarra, y mi abuela hizo lo que siempre acostumbraba, contar una historia.
Siempre eran diferentes. A veces de amor, a veces de terror. Nunca las contaba como sucesos personales, pero me gustaba imaginar que lo eran, y eso me hacía sentirlas aún más reales.
Esa vez contó la historia de almas separadas, personas que nacían en diferentes circunstancias, tiempos y ciudades, pero que aún así, compartían alto tan especial como lo era su alma.
Decía que al nacer un pequeño, que haya experimentado un dolor inmenso justo antes de morir en su vida pasada, se producía una ruptura de su alma, y ese pedazo quedaba flotando en el mundo hasta caer en el cuarto de alguien más.
Podían pasar años, décadas, hasta que esa alma encontrara otro cuerpo donde habitar. Pero eso no era lo más asombroso. Ella decía que esas personas que compartían esos fragmentos esenciales para la vida, estaban destinadas a sentir todo lo que el otro. No cosas pequeñas como un pellizco o un dolor de muela. Cosas mucho más grandes. Incluso la felicidad extrema podía darle a la otra persona parte de ese sentimiento.
Algunas veces podían encontrarse, podían verse, y si eso sucedía, el amor que sentían podía ser gigante, casi sin comparación, porque estaban destinados a compartir un mismo ser.
Muchas veces pensé que cuando ella lo decía de esa manera, era porque lo había experimentado con mi abuelo. Ese amor sin precedentes, lo cual me hacía ver la historia mucho más hermosa de lo que era en realidad.
Obviamente a esa edad creía todo. Hasta las leyendas de duendes, elfos y ninfas, pero luego de quince años todo eso había quedado casi en el olvido.
Curso mi tercer año en la carrera de derecho, lo cual me obligó a mudarme de aquel pueblo costero hasta la ciudad. A 5000 kilómetros de distancia.
Acá el viento es más frío, veo pocas veces el sol y no hay ningún mar cerca. Soy disciplinada, tal como me enseñaron mis padres antes de fallecer hace seis años en un accidente automovilístico.
Vivo en lo que puede definirse como un edificio estudiantil. Pagamos alquiler pero compartimos los departamentos con otras personas, lo que nos reduce la renta. Hay fiestas por montón, y como es de esperarse, muchas quejas. Nadie quiere vivir en un lugar donde hay estudiantes por eso, así que únicamente alquilan chicos de las distintas facultades que buscan aventuras, fiestas y nueva vida.
Yo busco lo último. Deseaba crecer, emprender mi vida y conocer nuevas personas, llenas de vigor y energía. Me llevé una gran decepción al entender que en todas partes del mundo hay personas idiotas, no solo en el lugar del que procedo. Me he encontrado personas muy malintencionadas, vanidosas, despectivas... y lo encontré a él.
Su nombre es Rufus. Lo conocí en una cafetería hace un año. Era mesonero en ese lugar y sin más me dio su número telefónico. Su entusiasmo me hizo querer acercarme a él. Así que en mi tiempo libre salíamos, hasta que las cosas avanzaron y terminamos siendo novios.
Nunca ha querido mudarse conmigo, dice que necesita su espacio y para mí eso está bien.
Cuando salgo cada tarde de la librería donde trabajo me está esperando con una radiante sonrisa. Hoy el tiempo está fatal, llueve y mis lentes se empañan con rapidez, cuando pongo un pie fuera de mi lugar de trabajo.
Como es de esperarse ya Rufus está ahí, justo a mi lado, dándome la mano y quitando mis gafas de mi cara para limpiarlas. Sonrió y luego de tener todo donde corresponde empezamos a caminar, ocultándonos de la lluvia en nuestros paraguas.
Llevo los zapatos totalmente húmedos cuando cruzamos a la estación de metro, siento como poco a poco las medias han filtrado toda el agua.
Lo más probable es que me enferme. No hay muchas personas en la estación lo cual es positivo al momento de subirnos al tren pero, peligroso cuando se trata de esperar. Sin embargo, estando a su lado no tengo miedo.
Esperamos apenas unos cinco minutos cuando el tren se detiene delante de nosotros. Nos embarcamos únicamente cuatro personas. Nos sentamos y justo en frente de nosotros se sienta un chico que lleva unos auriculares grandes en sus orejas. Esta empapado al igual que nosotros, pero parece no importarle.
Mueve el pie y las manos al ritmo de la música, y con los ojos cerrados canta una pegajosa canción que identifico como champions de King. Sonrió, es extraño encontrar alguien tan vivaz en la ciudad.
-oye, idiota- grita el otro chico que subió al vagón en dirección del cantante anónimo. -cállate
Pero el joven no lo escucha, está inmerso en el sonido que sale de sus auriculares. Su flequillo negro se mueve a todas partes mientras él canta cada parte del coro.
El otro se acerca, tiene una actitud desafiante y mueve los brazos en forma amenazante. Con un rápido movimiento de su mano golpea los audífonos de la cabeza del joven, que caen a su regazo. El chico alza la cara sorprendido pero sigue sonriendo.
-mira, deja la charada niño, nadie quiere escucharte- le espeta el hombre. Lleva unos pantalones de mezclilla rasgados y a lucir por su apariencia no se ha bañado en días. Lleva una franela roja demasiado delgada para el tiempo que hace, sucia, y rota en las mangas.
-No intento incomodar, solo me gusta cantar- responde el chico con una sonrisa.
-No me interesa que te guste idiota, solo cierra la boca.- sin decir nada más el hombre se vuelve al lugar donde está sentado.
Miro al joven tomar sus audífonos, doblarlos y los mete en un bolso que lleva consigo.
Veo la tristeza en su rostro, la siento como si fuese mía y por un momento solo quiero llorar. Lo observo largo rato, hasta que voltea su rostro nuestras miradas se cruzan.
Sus ojos son verdes, luminosos, llenos de vida. Nunca había visto ojos tan hermosos. Siento como se escapa el aire de mi boca y recuerdo que a mi lado está Rufus, así que como puedo recobro la compostura y miro hacia otro lugar.
Pero siento su mirada sobre mi cuerpo, sobre mis manos. Sobre mi piel.
Sé que estoy sonrojada y solo deseo salir de aquel vagón.
-Lo tiene merecido ¿no crees?- escucho que me dice muy bajo Rufus a mi lado. Me volteó a verlo sin entender muy bien a que se refiere.
Me hace señas hacia el frente, donde está el chico aún viéndome.
No respondo. Es mejor no hacerlo. Si algo me incomoda, son los pensamientos limitados y llenos de odio de mi novio hacia cualquier persona que quiera vivir la vida a través de sus expresiones. Odia el teatro, el canto, en baile... pero para mí todo aquello no implica molestia, hasta que hablamos de ello.
Llegamos a nuestra parada en lo que me parece una eternidad. Tomo mi bolso y empiezo a caminar fuera de aquel vagón, veo como el chico sigue nuestros pasos y luego, veo como el hombre irrespetuoso se une a nosotros y todos abandonamos el tren.
Ya ha oscurecido. El frío recorre mi cuerpo, no hay nadie a nuestro alrededor y como es costumbre, Rufus y yo nos movemos rápido.
Escucho los pasos atrás de nosotros y solo espero llegar a un lugar con más personas. Siento como un miedo va creciendo dentro de mí. Estoy ansiosa.
Hasta que en una esquina tres hombres se cruzan en nuestro camino y nos impiden el paso.
Van igual de desarreglados que el acompañante del metro. Giro y choco con el chico de los audífonos. Me sostiene evitando mi caída y su perfume me eriza la piel y vuelvo a sonrojarme.
-Gracias- digo por lo bajo a aquel chico que solo me regala una sonrisa brillante. Siento que Rufus se pone rápidamente a mi lado y al mirar a nuestro alrededor me doy cuenta que nos tienen rodeados.
-Miren si quieren dinero aquí está todo lo que tengo- dice Rufus aventando al piso delante de nosotros su billetera. Los hombres ríen. Uno de ellos da unos pasos y se pone delante de nosotros.
-Bien, puedes irte- dice el hombre. Rufus toma mi mano y da un paso adelante pero el hombre lo detiene. -No, no, dije que puedes irte TU, ella no.
-Ella es mi novia- dice Rufus, sus manos están húmedas, y su piel está fría. -Es todo lo que tenemos-
-Si no te vas, mueres. Así que márchate y vive o quédate a hacerte el héroe y muere con tu chica. -
Todos los demás ríen. Siento el miedo recorriendo mi cuerpo, sé que esto acabará mal. Pero sin meditarlo durante mucho tiempo Rufus hace lo que nunca esperé, suelta mi mano y se echa a andar.
-Lo siento, al menos así me salvó yo- dice mientras camina y se aleja de donde estoy. Siento aún más frío que antes. Es increíble cómo me ha dejado, como simplemente ha querido salvarse sin importar que me vaya a suceder. Tiemblo, pero no es por el frío. Doy un paso atrás y mi cuerpo se pega al del extraño que sostiene mis brazos nuevamente.
Poco a poco los malhechores se van acercando, unos llevan palos, otros cuchillos, siento como mis piernas tiemblan. Nos matarán, nos matarán.
-Todo estará bien- me dice al oído, el acompañante que quedó conmigo. Al menos no moriré sola.
De pronto todo se pone en movimiento, los hombres empiezan a caminar hacia nosotros y mis piernas parecen no poder sostenerme más.
-Hoy nos vamos a divertir- dice uno de aquellos rufianes. La lluvia empieza a caer sobre nosotros una vez más y recuerdo el paraguas que llevo guindado en mi bolso. Lo cojo y espero que al menos sirva para aventar un golpe.
Escucho como ríen, no se cual, no sé porque, no me importa. El chico se pone delante de mí en posición protectora, y uno de los hombres se acerca con cuchillo a atacarlo.
Con movimientos rápidos el chico lo esquiva y luego de golpear su brazo se queda con su cuchillo. Justo se acerca el que venía con nosotros en el metro a atacarlo por la espalda con un palo de madera y por instinto alzo mi paraguas y lo muevo hacia adelante, con todas las fuerza que puedo.
El hombre grita y veo que he perforado uno de sus ojos, así que aprovecho y lo empujo fuertemente dentro de su cráneo.
Con un ruido sordo el cuerpo sin vida del criminal cae frente a nosotros. El estruendo de nuestros atacantes no se hace esperar y se acercan a nosotros.
No sé cómo pero mi compañero ha derribado a uno de los hombres que grita y se sostiene un lado de su cuerpo en un charco de sangre.
Uno se avienta hacia mí y toma mi cabello cuando intento esquivarlo, me golpea en el rostro con sus puños, pero a tientas tomo una piedra del pavimento y la estampó contra su cara fuertemente, se cae hacia atrás y sigo dándole, pero otro me golpea con un palo en las costillas y caigo al piso chillando de dolor. Veo de refilón como el chico esquiva los golpes de una de las bestias, pero un nuevo golpe de mi atacante me marea y todo se vuelve oscuro.
Siento como arde todo mi tórax, y entiendo que me siguen golpeando. Recobro la visión para descubrir un rostro sucio y fétido justo delante de mi cara. Aprieta sus manos en mi cuello y me empieza a faltar el aire.
Hasta que algo caliente cae en mi rostro, y la presión que había en mi cuello se afloja. Siento que me halan, unas manos cálidas me arrastran de debajo de aquel pestilente hombre que yace muerto en el piso.
-Todo está bien, debemos irnos- es mi compañero de pelea. Siento ganas de llorar, pero tengo razón, hay que salir de ahí. Me ayuda a sostenerme en pie y empezamos a andar, pero luego de unos pasos un dolor punzante en mis costillas me debilita aún más. Reviso mi cuerpo pero nada ha pasado.
Luego siento como el cuerpo del extraño joven se desploma a mi lado, con un cuchillo en enterrado en su costado, justo donde a mí me dolía.
Uno de aquellos hombres que yacía herido en el piso ha de haber lanzado el cuchillo que se ha incrustado en mi pecho. Llevada por la rabia y la ira, corro a donde está y con la piedra que antes le he golpeado le doy en el cráneo una y otra y otra vez.
Las lágrimas corren por mi cara cuando me arrodillo junto aquel extraño. Sus ojos están abiertos, ven el cielo oscuro, y luego a mí. Su color verde no se aprecia entre la oscuridad
Sigue vivo, así que como puedo lo halo, intentando llegar a un lugar con personas que nos ayuden.
Lloro de desesperación, grito, y pido ayuda, pero sé que nadie vendrá. Me muevo lento porque duele, mi cuerpo duele, y me duele ahí, donde a él le han dado me duele a mí.
Así que de esa manera recuerdo por primera vez en muchos años aquella historia de mi abuela, esa de almas que sienten el dolor de otros.
Como puedo, logro llegar a un festival lleno de personas, y con mis últimas fuerzas grito, implorando ayuda. Y caigo al lado de aquel chico que no conozco en absoluto.
Escucho como las personas se acercan a nosotros y llaman a la policía.
Muchos nos preguntan qué ha sucedido, pero no tenemos fuerzas para responder.
Nuestras caras están una al lado de la otra y veo sus ojos que me ven fijamente. Sus preciosos ojos verdes llenos de vida.
-Me llamo Daniel- me dice sonriendo. Y sin pensarlo lo beso, como nunca antes he besado, como nunca antes he sentido, mi pecho se llena de un amor por alguien que no conozco, por alguien que sé es parte de mí.
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