Los pobres y los ricos (En Español)

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Saludos, Hivers de Holos Lotus.

Me trae de vuelta una reflexión animado por la convocatoria de la amiga damarysvibra@damarysvibra quien invita a exponer cómo manejamos esto de la abundancia y de la pobreza. Para ello me permito hacer una historia personal.


Los pobres y los ricos

Éramos 8 en familia. A mitad del marabuzal. Pobres. Muy pobres. Pero en medio de nuestras carencias nos sabíamos en abundancia. Estábamos juntos...

Y esa era nuestra riqueza.

La casa, pequeña y descascarada, se levantaba entre el polvo y la sombra de los árboles de marabú, que se enredaban como guardianes ásperos de nuestro mundo. Las paredes, agrietadas por el tiempo y la humedad, guardaban dentro todos nuestros sueños, risas y también nuestros silencios. El techo, a veces complaciente, otras veces traicionero, dejaba colar los hilos de lluvia en las tormentas, y entonces corríamos con baldes, ollas, cualquier cosa que pudiera contener el agua. Pero incluso eso era una fiesta: los charcos en el piso de tierra, las gotas resbalando por nuestras caras, las carcajadas cuando alguien resbalaba.

No había lujos. Los zapatos eran un privilegio que se heredaba del mayor al menor, remendado una y otra vez hasta que las suelas decidían abandonarnos.

La ropa, lavada y relavada, cambiaba de dueño según crecíamos. La comida, escasa pero sagrada, se repartía con precisión de relojería: un pedazo de pan menos para uno era un pedazo más para otro. Mamá, con sus manos gastadas por el trabajo, transformaba lo poco en mucho. Un plato de frijoles, una yuca hervida, un huevo dividido en ocho partes iguales. "Coman, hijos, que hoy hay", decía, aunque a veces el "hay" fuera solo un modo de decir.

Pero en aquella pobreza florecía algo que el dinero no podía comprar.

Las noches, por ejemplo, eran nuestras. Sin electricidad, la luz de una vela o de un mechero bastaba para que papá nos contara historias.

Él, que apenas sabía leer, tenía una imaginación que llenaba el espacio. Nos hablaba de reinos lejanos, de héroes que venían de lugares como el nuestro, de brujas que se escondían en el marabuzal. Nos apretábamos alrededor de él, sintiendo el calor de los cuerpos, el ritmo de su voz. A veces, cuando el hambre apretaba demasiado, las historias se volvían comida.

Los domingos eran días de fiesta. No por los banquete, sino porque era el único día en que todos estábamos juntos, sin prisas.

Salíamos al patio, donde el sol jugaba con las hojas secas, y mamá cantaba canciones viejas, esas que hablaban de amores perdidos y tierras lejanas y ponían en Nocturnos de Radio Progreso.

Nosotros, los niños, improvisábamos juegos con lo que encontrábamos: una lata vieja era un balón, unas piedras eran fichas de un tesoro, un palo se convertía en espada. No necesitábamos más.

Hubo días duros, claro.
Cuando la enfermedad visitaba la casa y no había dinero para las medicinas. Cuando la sequía secaba la tierra y el hambre se instalaba como un invitado. Cuando algún vecino, con mirada de lástima, nos regalaba un plato de comida y, aunque lo aceptábamos con gratitud, algo dentro de nosotros se encogía.

Pero incluso en esos momentos, había una fuerza invisible que nos sostenía: la certeza de que nadie estaba solo.

El mundo fuera del marabuzal era grande y ajeno. A veces llegaban noticias de gente que tenía casas de cemento, televisores. Nosotros mirábamos nuestras manos, nuestras ropas remendadas, y no sentíamos envidia. O quizás sí, un poco, pero era una envidia fugaz, porque al final del día siempre volvíamos a lo mismo: éramos ocho. Y éramos uno.

Hoy, años después, cuando la vida me ha llevado lejos de aquel marabuzal, cuando tengo cosas que antes solo existían en mis sueños, miro atrás y comprendo que la verdadera pobreza no era la falta de cosas, sino la falta de amor.

Y nosotros, en medio del polvo y la escasez, éramos inmensamente ricos. Porque teníamos lo que muchos buscan toda la vida y nunca encuentran: un hogar. Un lugar donde, sin importar cuán oscura fuera la noche, siempre había alguien esperándote con los brazos abiertos.

Y eso, eso no tiene precio.

© Texto e imagen de mi Autoría.


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