Había intentado estudiar muchas cosas en el bosque. Primero, el magisterio, el sueño de su madre, pero sólo aguantó un mes. Becada, supo de la eterna ingratitud de la muchacha a quien todo se lo ponen en las manos: tenía profesores, albergue y comida, uniforme, libros y un montón de lobitos detrás. Lo tenía todo pero nada le gustaba, empezando por la carrera, había entendido que vivir los sueños de otra persona como si fueran propios era lo más fracasado que podía pasarle a alguien y abandonó.
Su madre, por esos tiempos en relaciones con un leñador sin bosque que soñaba con árboles, de abdomen amplio y garganta alegre, estuvo sin hablarle un mes, le obligó a lavar pisos ajenos dos veces al día, le peleó por cualquier cosa, no la dejó pintarse la boca, usar hebillas caras, hablar con lobitos en el portal, y sobre todo, le prohibió ir los sábados a las fiestas en casa del Oso.
Acorralada, un domingo Caperucita se encerró en su cuarto, y el lunes como a las diez, por más que su madre golpeó no pudo abrir la puerta del cuarto.
Cuándo el Leñador, hacha en mano liberó el paso, una madre histérica se dio cuenta que Caperucita no estaba en la cama si no escondida en el armario, vomitando en una sustancia verde y asquerosa, las heces de las veinticuatro pastillas ingeridas en protesta porque no le dejaban divertirse en casa del Oso, ni hablar con lobitos en el portal y mucho menos, entrar a la facultad de Enfermería.
En el hospital, después del lavado gástrico, la entrevista con el Psiquiatra, las flores que llevó el Leñador, las visitas del Oso y del resto de la fauna, después de que su madre le pasara la mano por la cabeza y le dijera, por qué me haces esto, mi amor, obtuvo el permiso para estudiar Enfermería.
Caperucita miró los ojos de mamá, quiso decirle, lástima que las cosas hayan llegado a este punto, pero no lo dijo, se incorporó en la cama y salieron caminando por el largo pasillo como dos amigas de toda la vida.
El Leñador sin bosque esperaba al volante de un Chevrolet del cincuenta y nueve, alquilado por tres días y se fueron a la playa hasta el lunes.
Caperucita jugó con la espuma, hizo castillos, inventó ejércitos invencibles, se hundió en la arena y puso rodajas de pepinos en la cara, una decena de lobitos (buenos y malos) desfilaron cerca, pretendiéndola, pero como una soberana, María de los escoceses, los fue expulsando sin piedad hasta que se aburrieron y la dejaron dormir, y soñar, mientras mamá y el Leñador le cuidaban el sueño.
Caperucita soñó que no vivía en el bosque si no en un majestuoso desierto con tormentas de arena cada hora, tenía dificultades para respirar y en alguna parte del desierto había caído en picada una avioneta bimotor, a dos kilómetros de donde descansaba, protegiéndose del sol a la sombra de un humilde camello. Vio, allá en el cielo, cómo se precipitaba y estuvo segura de que era difícil que el piloto saliera con vida. No obstante, tomó las riendas del animal y salió bajo el ardiente rumbo al desastre. Al llegar se dio cuenta que el piloto estaba herido y se arrastraba intentando trasladarse antes de que explotara el aparato. Intentó ayudarlo a caminar pero entonces el piloto herido desapareció, la avioneta siniestrada no era tal si no el escaparate de su cuarto. Se metió en él y apretó unos botones complicados, en un punto del sueño supo que si apretaba el adecuado alzaría el vuelo en medio de la nada.
Al otro día en la playa el Oso, por fin, la encontró. Había llevado música de Fito, la guitarra, cigarros y alcohol escondido en un bolsillo secreto. Caperucita, se colgó a su cuello y lo llenó de besos delante de mamá y el Leñador, el Oso se puso colorado, pero ellos hicieron como que no les importaba.
Salieron tomados de la mano y se alejaron, bordeando la costa y dejándose lamer los pies por la espuma blanquísima.
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