El tiempo no ha podido borrarte de mi mente, ni desterrarte de mi corazón; mil días sin oír tu voz y sin tocar tus manos no han sido suficientes para olvidarte.
Como lluvia de primavera llegaste a mi vida transformando mi mundo en un mágico y dulce sueño de verano.
Todas las melodías del universo nos envolvieron con su alegre canción cuando tu voz y la mía hablaban de amor.
¡Como podía atreverme a tocar tu rostro si mi corazón parecía salirse del pecho cuando tus manos rozaban las mías!
Una mirada tuya bastaba entonces para calmar todas las tormentas que se debatían dentro de mí ser, y una palabra de tus labios se convertía en el bálsamo divino que curaba todas mis heridas.
Yo era entonces semejante a un frágil pajarillo que buscaba refugio en tus brazos.
Mi corazón de niña sigue evocando la dulzura infinita de un amor que no quiere morir en el olvido.
Siempre vivirás en algún rincón de mí ser y serás como un manantial de agua pura que atraviesa el jardín donde tus sueños se encuentran con los míos en una bella noche estrellada.