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Con el pasar del tiempo, las cosas cada vez se fueron volviendo más duras para los Eisenberg, en poco tiempo habían visto cosas horribles y cada día despertaban con la incertidumbre de que tal vez sería el último.
Tal como les indicaron apenas llegaron al campo, se levantaban cada día con el estruendoso sonido de un gong que quedaba reverberando en sus oídos, inmediatamente todo era un revuelo de prisioneros que se entrechocaban unos con otros, en busca de sus suecos o gorros para ir a darse una rápida «lavada» en los lugares indicados para tal fin, posteriormente recibían el «desayuno» que más bien consistía en medio litro de una bebida marrón a la que los polacos llamaban «chai» pero que Joseph prefería llamar «café» debido a que el eufemismo le ayudaba a sentirse más cercano a los días en que desayunaba junto a su familia en la vivienda que compartían sobre la floristería.
Judith y Deborah que trabajaban en las cocinas, se levantaban aún más temprano que el resto para ser trasladadas, en compañía de otras cocineras, hasta su lugar de trabajo para preparar esta bebida, y por lo tanto sabían que se trataba de sucedáneo de malta al que combinaban con una cocción de hierbas (las otras cocineras las enseñaron a preparar este líquido).
Luego salían de los barracones, temblando de frío, esperando a ser contados por uno de los guardias nazis, mientras los kapos revisaban los barracones en búsqueda de algún rezagado al que tuvieran que sacar a empujones, otros simplemente no lograban llegar vivos al alba por causa de alguna enfermedad, el hambre o el agotamiento, después los hacían desfilar hasta sus puestos de trabajo, o los subían en camiones para ser trasladados a Birkenau o Auschwitz III.
Todos esos días dentro del campo, Benjamin sacaba fuerzas desde su espíritu y su voluntad de mantenerse vivo, para volver a ver a su madre, sobrinos, cuñada y desde luego a los Müller, en especial a Hanna. Sentía un hambre atroz al que la bebida de la mañana apenas calmaba hasta eso de las nueve cuando (por consejo de su padre) se comía un pedacito de pan negro que había reservado de la noche anterior. Muchos prisioneros recurrían a este recurso para intentar engañar al estómago, y poder soportar la jornada extenuante de hasta once horas de trabajo. Afortunadamente como ya estaba llegando el invierno, esta jornada se reducía a solo nueve horas.
No obstante, a veces el hambre era tan apremiante que mientras Benjamin se encontraba cosechando zanahorias, de vez en cuando deslizaba algunas pequeñas dentro de los bolsillos de su uniforme, para devorarlas más tarde en compañía de su padre. Sin embargo, Joseph prefería que no lo hiciera porque temía por su vida, aunque éste se cuidara de la vigilancia de los guardias nazis y kapos. Aún así, en una ocasión Benjamin estaba tan hambriento que no pudo resistir la tentación de morder una de ellas antes de guardarla en el bolsillo de su pantalón.
—¡No hagas eso! ¡Resiste, hijo!
—Lo sé, papá, lo siento, fue una imprudencia.
—Falta poco para la hora del almuerzo —trató de animarlo Joseph mientras amarraba los puerros, formando paquetes para luego acomodarlos en una carretilla.
Las horas pasaban y aunque el sol no era un problema, sí lo era el frío, todos sentían las manos entumecidas, lo que dificultaba el trabajo, pero Benjamin y su padre constantemente trataban de calentarlas con su propio aliento, aunque de vez en cuando sentían en la espalda el impacto abrasador de un fuetazo que los apremiaba a trabajar sin pausas.
A la hora del almuerzo tomaban un cuenco de aluminio que se les había asignado junto con una cuchara, y hacían una larga fila frente a una carreta que llegaba con varias ollas enormes. Tenían una hora para el almuerzo, el cual consistía en una sopa de verduras en las que difícilmente encontraban alguna. Generalmente era apenas agua saborizada (generalmente apestosa) en la que flotaban algunos insignificantes trocitos de papa o zanahoria. Solo aquellos que aguantaban hasta el final de la fila podían considerarse «afortunados» (Benjamin y su padre entre ellos) porque entonces les daban lo que quedaba en el fondo de la olla en donde podían encontrar varios pedacitos de zanahorias, nabos o cebollas. A veces tenían trocitos de carne que Joseph aconsejaba a Benjamin no injerir.
—Probablemente sea carne de cerdo, hijo.
Pero a pesar del bajo valor nutricional de los alimentos, ambos agradecían aquella comida porque les calmaba el hambre por algunas horas, y sobre todo les calentaba el cuerpo. Resultaba incluso placentero sostener el recipiente caliente entre las manos. Lo que casi no podían soportar al principio era el fortísimo hedor a carne quemada que emanaba de algún lugar en la distancia, donde incluso se podía divisar en el aire alguna columna de humo.
—¡Hey, tú! —gritó un guardia nazi.
Benjamin se sobresaltó cuando el hombre apuntó con el dedo hacia Josehp, que en ese momento se ataba con una cuerda vieja en la cintura su cuenco ya vacío después del almuerzo.
—¡Dígame en qué puedo ayudarlo, Herr! —dijo Joseph ante la nerviosa mirada de su hijo que fingió continuar con la labor como si nada, pero en realidad se moría de nervios. Sin embargo a ambos les volvió el alma al cuerpo cuando escucharon el requerimiento del oficial.
—Toma ese cargamento y llévalo a las cocinas —dijo señalando una carretilla, posteriormente señaló a Benjamin—. Tú, toma ese de ahí y ve con él. ¡Tú y tú, lleven esos otros! ¡Rápido!
El muchacho se apresuró a tomar otra carretilla y acompañó a su padre siguiendo el camino que marcaban los demás prisioneros más experimentados. La carga era un poco pesada y el terreno irregular, pero ninguno de los dos se permitió perder el equilibrio o dejar caer la carga, como fue el caso de un prisionero serbio al que se le volcó la carretilla después de que la rueda chocara contra una roca grande.
—¡Maldito cerdo inútil! —gritó el guardia nazi, haciéndole una seña al kapo que enseguida comenzó a golpear al pobre infeliz con la fusta.
—Son como faraones modernos —se lamentó Joseph en voz baja mientras seguía el camino.
—¿Puedes con eso, papá? —preguntó Benjamin, preocupado.
—Descuida, hijo, no soy tan viejo —respondió su padre con un tono jocoso mientras sonreía para animar a Benjamin—, solo debemos procurar tener cuidado, sigamos avanzando.
Cuando llevaban un trecho recorrido y al mirar atrás no estaban los huertos a la vista, escucharon el sonido inconfundible de un balazo. Ninguno de los dos dijo nada y tampoco los prisioneros a su alrededor que también empujaban carretillas. Uno de ellos se detuvo por un momento para señalar hacia la derecha donde había un barracón, posteriormente dijo algo en polaco que desde luego ni Joseph ni su hijo lograron comprender, pero pudieron intuir el significado...
—Parece que dice que hemos llegado —comentó Joseph.
—También lo creo.
Efectivamente habían llegado al barracón donde funcionaban las cocinas de ese campo. El mismo hombre polaco que anunció la llegada volvió a hablar señalándolos a ellos y a la carga de las carretillas.
—¡Lo siento, no sé qué dice! —intentó disculparse Benjamin, encogiéndose de hombros mientras negaba con la cabeza.
—Dice que llevemos los productos adentro —tradujo un joven detrás de Benjamin que al igual que él y su padre era alemán, pero hablaba polaco a la perfección.
El muchacho era de complexión bastante delgada, aunque su nivel de desnutrición no llegaba a ser tan grave como muchos otros, señal de que no llevaba allí demasiado tiempo. Sus ojos eran de un verde oscuro que recordaba a las aceitunas.
—Soy Joel Abramsky o quizá deba decir, prisionero A2360 —dijo el joven señalando el número cosido en la pechera de su uniforme a rayas. Después estiró la mano para que Benjamin se la estrechara.
—Soy Benjamin Eisenberg —dijo el joven, ignorando el comentario acerca del número de prisionero—. Éste es mi padre, Joseph.
—Es un placer conocerlo, señor Eisenberg —saludó el muchacho con amabilidad.
—¿Estás solo aquí? —preguntó Benjamin.
—No, estoy con mi hermano Isaac que trabaja en la construcción, y con mamá que trabaja aquí en las cocinas, ¿y ustedes?
—Mi esposa, mis hijos Benjamin y Noah que es un... Sonderkommando, mi nuera y mis nietos de ocho años. No sabemos dónde están todos, a excepción de Noah.
—Lo siento pero espero que puedan encontrarse pronto —comentó el agradable joven, sin sospechar que en parte su buen deseo se haría realidad.
Todos comenzaron a transportar los productos al interior del barracón, donde estaban muchas mujeres trajinando de un lugar a otro portando cuchillos, espumaderas, espátulas o cacerolas, otras revolviendo el contenido de ollas enormes sobre las estufas. Parecía un trabajo extenuante pero al mismo tiempo envidiable, tomando en cuenta lo caldeada que estaba aquella enorme barraca. Benjamin y Joseph se preguntaron si tal vez les permitirían comer un poco de lo que preparaban, pero Joel, al ver sus rostros e intuir lo que pensaban, les aclaró que no era así en lo absoluto, su trabajo consistía en cocinar por largas horas para todos los prisioneros del campo, y las menos privilegiadas se dedicaban a preparar los alimentos de las guardianas que solo les permitían probarlos con la punta de la cuchara para saber si tenían el punto de sal y condimento correctos.
Entre las mujeres que trabajaban preparando los alimentos se encontraban Judith y Deborah, cortando verduras y carne.
—Esto es el colmo de la crueldad —dijo Judith mientras arrojaba algunos pedazos de carne en una cacerola—, ellos deben saber perfectamente que nosotros no comemos carne de cerdo.
—Desde luego que lo saben, ¿por qué crees que nos obligan a usarla? —respondió su suegra mientras cortaba unas papas.
—Hemos pecado gravemente —susurró Judith con lágrimas en los ojos—, no he comido los trozos pero el caldo está hecho con esto.
—Dios lo entenderá, hija mía... no lo hacemos por gusto.
—Extraño nuestro hogar, extraño a mis padres pero agradezco a Dios que ahora estén en Brasil, extraño a los Müller, extraño a Noah y... a mis hijos... no sé dónde están, no sé si tienen frío o hambre, ni siquiera sé si están vivos...
En ese punto la pobre mujer se quebró, incluso dejó el cuchillo a un lado sin importarle que una de las guardianas advirtiera que no estaba trabajando. Deborah sintió mucha pena por ella y la estrechó en sus brazos mientras a su alrededor algunos hombres trajinaban llevando consigo cajas de madera llenas de hortalizas.
—Te entiendo, hija mía, también me duele que no estén con nosotros. Extraño a Joseph y a mis hijos. Benjamin y Noah podrán ser adultos pero no dejan de ser mis bebés, por eso te comprendo —respondió con voz trémula—. No sé si están bien o si... siguen vivos y eso me mata por dentro cada día.
—¡Quiero salir de aquí, quiero despertar de esta pesadilla!
—¿Judith? ¿Mamá? ¡Mira, papá, creo que son ellas! —dijo Benjamin señalando a las mujeres. Su corazón le había dado un vuelco dentro del pecho al escuchar sus voces.
—¿Benjamin? —preguntó Deborah sonriendo en medio de sollozos.
El hijo corrió a los brazos de su madre para estrecharla como nunca, y Joseph se dedicó a abrazar a su nuera en medio de llantos de alegría.
—¡Me alegra saber que están bien! —dijo Benjamin abrazando a su cuñada después.
—¿Qué pasó con Noah? ¿Dónde está? —preguntó Judith comenzando a preocuparse.
—¿Sí, dónde está? —la secundó Deborah.
—Está bien, no se preocupen —respondió Joseph—. No está trabajando con nosotros ni tampoco duerme en el mismo barracón, pero sabemos que está bien. Cuando llegamos lo eligieron como miembro del escuadrón de Sonderkommando. Hace un par de días incluso pudimos hablar con él, aunque de forma muy breve para que los guardias no nos vieran.
—¿Sonderkommando? ¿Esos que trabajan con?...
—Sí, Judith, pero al menos es mejor que ser un Kapo como le habían ofrecido en un principio —la interrumpió Benjamin.
—Nosotros estamos en los huertos —añadió Joseph, señalando la caja de madera con hortalizas que había colocado sobre la encimera.
—¿Y los niños? ¿Han sabido algo de ellos? —preguntó Deborah.
Ambos negaron con la cabeza.
—Noah dice que ha intentado investigar entre sus compañeros pero nadie sabe nada, solo que si se los llevó un médico han de estar bien —mintió Benjamin.
—Oigan, será mejor que se apresuren a descargar su carretilla si no quieren problemas —los interrumpió Joel, el compatriota que recién habían conocido.
—Tienes razón amigo —reconoció Joseph aunque no quería despedirse de su esposa y nuera.
Todos se dieron un escueto abrazo y se despidieron con una sensación agridulce antes de volver a concentrase en su labor. Al menos ya sabían dónde estaban y que se encontraban bien. Con un poco de suerte, Benjamin y Joseph podrían ir a visitarlas valiéndose de la excusa de llevar las hortalizas y verduras, o realizar cualquier otra tarea que implicara ir al barracón de las cocinas.
—Noah se pondrá feliz al saber de ti, hermana —dijo Benjamin antes de despedirse de su cuñada.
—Si vuelves a verlo... dile que lo amo, por favor.
—Lo haré. ¡Hasta luego! ¡Hasta luego, mamá, te amo!
—También te amo, hijo —respondió Deborah con un nudo en la garganta al verlo marchar.
Todos regresaron a su labores y por la tarde retornaron a los barracones para recibir la última comida del día, una rebanada de pan de molde negro, al que solo a veces le untaban margarina o mermelada. Ellos lo partían en dos, se comían una mitad y guardaban la otra (si podían resistir la tentación) para complementar el desayuno o para el trascurso del día. Otras veces el pan venía acompañado de salchichas que ellos intercambiaban con los húngaros y polacos no judíos por más pan o alguna fruta que ellos hubiesen robado.
Noah por su parte tenía que luchar a diario no solo contra el hedor, ese era el menor de sus problemas, sino con el remordimiento de conciencia que lo atacaba cada vez que abría las puertas de las cámaras de gas donde laboraba, y entonces sacaba con ayuda de sus compañeros, decenas de cuerpos de hombres, mujeres e incluso niños.
La primera vez sintió que no podía hacerlo, simplemente se desmoronó cuando vio el cuerpo desnudo, frágil e inerte de un pequeño. Pensó en sus hijos e inevitablemente se preguntó si habrían corrido la misma suerte.
—¡No te detengas, levántalo! —le dijo uno de sus compañeros en esa ocasión al verlo petrificado de asombro ante el cuerpo del niño que había caído a sus pies, y las otras decenas de cadáveres que se habían esparcido por el suelo cuando ellos abrieron las puertas de la cámara—. Mira, sé que es difícil al principio pero después terminarás por acostumbrarte, al menos no te tocó como a mí recoger los cuerpos de tus padres.
A diario se repetía la misma operación: ventilar las cámaras de gas, sacar los cuerpos para revisar cada resquicio en busca de cosas de valor. Normalmente encontraban dientes de oro, pero en más de una ocasión llegaron a encontrar incluso anillos o pequeñas piedras preciosas resguardadas en las bocas de los occisos, sobre todo debajo de sus lenguas (tal vez en un intento vano por salvaguardar las únicas pertenencias durante el «baño» que recibirían) y finalmente debían introducir los cuerpos en los hornos del crematorio. Noah se encargaba de esta última espantosa labor (a veces eran tan delgados que introducían hasta cuatro cuerpos en un mismo horno)
En otras ocasiones tenía que apoyar a sus compañeros en la ventilación de las cámaras o el traslado de cuerpos, pero sin lugar a dudas que la peor parte era escuchar los gritos de las personas que habían entrado en las cámaras de gas pensando que solo recibirían una ducha o un tratamiento para ser despiojados, otros sí sabían lo que les esperaban y recibían la muerte con resignación...
¿Cómo olvidar esos gritos o el sonido de arañazos en las puertas y paredes, las llamadas de auxilio o peticiones de piedad?... Tampoco olvidaría la mirada de Ezequiel Herzog (el amigo de la familia e hijo del dueño de la joyería donde Benjamin compró el anillo de compromiso que más tarde le obsequió a Hanna) Lo reconoció entre la gente que hacía fila para entrar en la cámara. Tenía un brazo en cabestrillo y cojeaba (probablemente producto de alguna paliza que lo dejó inutilizado, otorgándole a su vez un vale para la muerte) Sus ojos se encontraron...
—¿Noah? —preguntó al reconocerlo también mientras avanzaba cojeando hacia su destino. Sabía lo que le esperaba una vez dentro, llevaba ya suficiente tiempo en Auschwitz para entenderlo—. Casi no te reconozco, te vez raro sin tu cabello.
—Tú también —dijo Noah, tratando de no quebrarse. Sus ojos siguieron al muchacho para no perderlo de vista, necesitaba disculparse de alguna manera, aunque en su fuero interno sabía que no podía controlar lo que estaba a punto de pasarle y que por lo tanto no tenía ninguna responsabilidad por ello—. Ezequiel... lo siento mucho, yo no quiero esto...
Noah lo hizo de todos modos, aunque intuía que sus disculpas no serían comprendidas por el hombre que probablemente pensaría que solo tomaría un baño y nada más, pero al escuchar su respuesta se estremeció...
—Está bien, Noah —dijo hablando un poco más fuerte ya que se alejaba—. Solo quiero saber si es rápido y si hay dolor.
Por un momento él no supo que responderle a un hombre que se dirigía con lentitud hacia las puertas de la muerte (literalmente) Estaba seguro de que iba a sufrir, sabía que no sería rápido, los gritos y quejas que escuchaba a diario y que difícilmente se irían de su mente, le proporcionaron esa terrible información, ¿pero cómo decírselo a alguien que estaba a punto de experimentarlo en carne propia? No podía hacerlo, no era tan sencillo, así que simplemente suspiró y se preparó para mentirle...
—Será muy breve —gritó para hacerse oír entre la multitud.
No supo si el muchacho escuchó o no su respuesta, porque casi enseguida lo perdió de vista hasta que otros dos miembros del escuadrón cerraron las puertas de la cámara, y a los pocos segundos se dejó oír el escándalo de voces que reclamaba libertad y piedad, mientras los cristales de Zyklon B, arrojados por los conductos desde el techo, estallaban al contacto con el agua, volviéndose gas venenoso, arrancándole las vidas lentamente.
Algo dentro de Noah se quebró en ese momento, dejó de sentirse humano, comenzó a creer en las palabras de los nazis... solo eran animales de granja encerrados en ese campo, animales de los que se servían hasta que los consideraban inútiles y luego desechaban así como así, con su ayuda porque ahora era un asqueroso verdugo.
¿En qué momento se había convertido en un egipcio, filisteo o romano? —pensó el muchacho mientras acomodaba un cuerpo en la plancha del crematorio, listo para entrar al horno.
Por un momento sintió envidia de esos cuerpos, al menos ellos eran libres ahora, estaban escapando de Auschwitz a través de las chimeneas, flotaban por el aire en forma de cenizas que se confundían entre las nubes grises del cielo, hasta que caían nuevamente al piso donde eran barridas.
Casi no disfrutaba de sus alimentos, mucho más consistentes que los de su hermano y padre, tampoco disfrutaba del barracón que compartía solo con los compañeros del escuadrón.
El hombre se consumía de a poco en el dolor y el miedo ante la incertidumbre de ver frente a él algún día a alguno de los miembros de su familia en aquel desfile macabro ¡No lo soportaría! Afortunadamente aquella noche cuando regresaba al barracón, vio a su padre y hermano que le hacían señas para que se acercara, así que se unió a ellos y se refugiaron detrás de una pila de ladrillos para poder conversar sin ser detectados. La noticia que ellos le dieron le levantó mucho el ánimo...
—¿Entonces las vieron? —preguntó con un semblante muy diferente al que le habían visto Benjamin y Joseph últimamente—, ¿están bien?
—Sí, ambas están bien, Noah, trabajan en las cocinas. Tu madre y Judith cuidan una de la otra. Te extrañan mucho y Deborah estaba tan preocupada por ti.
—Y yo por ellas, papá.
—Judith dijo que te ama. Ella estaba llorando porque estaba muy preocupada por ti y por los niños —añadió Benjamin.
Noah hizo un gesto de impotencia con el puño.
—Necesito saber dónde están los gemelos. A diario muero de incertidumbre... me aterra pensar que de un momento a otro yo pudiera recibir sus cuerpos o los de ustedes —dijo antes de quebrarse, sollozando en el regazo de su padre.
—No pienses en eso, hijo mío y no te sientas mal por lo que haces... tú no tienes la culpa de nada, no tienes opción. Escuché que a los que se niegan les espera el mismo destino. Pronto estaremos juntos de nuevo.
Pronto estaremos juntos de nuevo...
Aquella frase se instaló en la psiquis de Benjamin, cuánto quería creer en esas palabras, lo necesitaba en verdad para soportar cada día su martirio. Al menos ahora tenía la certeza de que su madre y Judith estaban bien, pero todavía no sabía nada de los gemelos ni de los Müller. En ocasiones despertaba sobresaltado en medio de la madrugada, después de tener pesadillas en las que sus sobrinos lo llamaban pidiéndole ayuda sin que él pudiera hacer algo, o se encontraba el cadáver de Hanna colgando del cuello en un patíbulo instalado en una plaza pública mientras los nazis le arrojaban piedras...
¿Dónde estaban Joshua y Jared? ¿Dónde estaban los Müller? ¿Dónde estaba Hanna?.. ¿Podría sentir el beso que le enviaba todas las noches?
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