Ese día Dedrick estaba un poco alterado, así que salió a relajarse dando un paseo en auto por el campo mientras fumaba un cigarrillo... ¡Maldición! Las tropas aliadas avanzaban y ahora él tenía una sensación extraña que antes no había experimentado, no podría llamarla «miedo», pero sí era bastante desagradable, como si de pronto cayera sobre él la incertidumbre de un posible fracaso... ¿y si las tropas lograban avanzar más, traspasando las fronteras? ¿Qué tal si llegaban a Berlín? ¡No! —pensó con una sonrisa irónica mientras se deshacía de la colilla del cigarrillo. El Führer jamás lo permitiría. El suyo era un Reich sólido, inquebrantable y además contaban con recursos de sobra.
Detuvo su auto cerca del barracón de las prisioneras húngaras no judías, donde una hermosa joven trasladaba con dificultad un cubo de agua, dirigiéndose a las cocinas. Dedrick la siguió con el auto muy despacio sin dejar de mirarla. Ella lo miró de reojo, pero siguió avanzando hasta que escuchó la voz del comandante...
—¡Detente! —ordenó con voz firme.
No sabía si la muchacha en cuestión hablaba alemán o si se había detenido ante el tono de su voz que denotaba una orden certera.
Él se bajó del auto, se acercó a ella y la tomó por el mentón para examinarla con detenimiento.
Era una muchacha preciosa, de ojos azules y cabello castaño que no había sido mancillado por alguna razón.
—¿Hablas alemán? —preguntó Schneider sin dejar de analizarla.
Ella asintió con la cabeza sin atreverse a hablar.
—¿Cuál es tu nombre?
—Kriska Agóts, Herr Kommandant —respondió con voz nerviosa.
—¿Estás sola aquí o con familiares?
—Mis padres, mi hermano y su esposa. No somos judíos, señor.
—Lo sé, se nota a leguas.
—Estamos aquí porque encontraron propaganda comunista en nuestra casa, pero no era nuestra, sino de los inquilinos a los que les alquilamos un espacio.
—¿Y dónde está el resto de tu familia? —preguntó el comandante del campo.
La muchacha guardó silencio de repente.
—Vamos, no tengas miedo de hablar.
—Mi padre y mi hermano trabajan haciendo zanjas de desagüe, mi cuñada y yo en los arados, pero mi madre... últimamente ha estado muy enferma, señor, no se está alimentando como debería y el trabajo es demasiado...
—¿Estás cuestionando nuestras reglas?...
—¡No! No se trata de eso, yo jamás...
—Al menos tú y tus padres podrían mejorar su condición —dijo Schneider con simplicidad mientras se encogía de hombros—, probablemente gozar de mejores raciones de comida, menos horas de trabajo y hasta atención médica.
—¿De verdad, señor? ¿Eso es posible?
—Aquí todo es posible —dijo Dedrick susurrando mientras acariciaba el rostro de la joven—, pero para ello debes colaborar, es decir, yo te ayudo y tú me ayudas.
Ella comenzó a temblar como una hoja al notar la insinuación del hombre.
—Pero yo...
—¡Vamos! Me siento solo en mi casa y tú podrías hacerme compañía. Eres una mujer hermosa y supongo que lo sabes. Soy un hombre joven y es natural que sienta debilidad por las mujeres hermosas. Sería una pena que tu belleza se marchitara aquí, en este feo lugar.
—Yo no podría... no es correcto.
—¿Quién dice que no lo es?
Ella no respondió.
—¿No te parezco atractivo?
La joven siguió sin responder, así que Dedrick cambió de actitud, tornándose más agresivo: la tomó bruscamente por el cabello mientras desenfundaba su arma. Ella esbozó una mueca de dolor.
—Te hice una pregunta, ¿cómo te atreves a no responderla?
—Usted es muy atractivo, Herr Kommandant, pero yo...
—¡Kriska! —exclamó con sorpresa una mujer y luego empezó a toser.
Venía acompañada de otra menor que ella y que la tomaba del brazo.
—¡Mamá! —exclamó en húngaro la mujer que Schneider sujetaba.
—¿Qué dijiste? —preguntó el hombre sacudiéndola con violencia—. ¿Las conoces? ¿Quiénes son?
—Soy su madre y ésta es mi nuera. Por favor... ¡suél...tela!
—Solo quise proponerle un trato.
—Pero...
—¡No aceptes, Kriska! —exclamó con valentía la madre a pesar de su semblante pálido. La mujer a su lado contemplaba con miedo a una y a la otra—. Sea lo que sea, jamás hagas pactos con alemanes.
—¡Vaya! —dijo Schneider sonriendo con maldad—. Así que solo los inquilinos eran comunistas, ¿eh?...
—¡Mamá, por favor! —dijo la mujer en tono suplicante.
Dedrick caminó directamente hacia la mujer enferma, miró con contundencia a la otra para que la soltara y se apartara, pero al ver que no lo hacía simplemente la apartó de un empujón que la envió hacia la pared de madera del barracón. Posteriormente apuntó con el arma a la mujer enferma.
—¡Señora Agóts! ¡Mamá! —exclamaron las otras dos mujeres a la vez.
—¡No! ¡No, por favor, Kommandant! ¡No le haga daño a mi madre! ¡Lo acompañaré a donde quiera! —dijo la mujer echándose a llorar.
—¡Ya no me interesas! —exclamó Schneider con desdén.
—¡No! ¡No supliques, Kriska! No es ésa la imagen que quiero llevarme de ti...
—¡Mamá, no!
Dedrick alzó su arma y le disparó a la mujer enferma en la cabeza. La hija reaccionó abalanzándose sobre él para golpearlo mientras gritaba histérica, pero él la tomó por la muñeca y la apartó de sí con violencia, arrojándola sobre el cuerpo de la madre mientras la apuntaba también a ella.
—¡Dios mío! —susurró la otra mujer, incrédula.
—¡Maldito seas! —gritó con furia Kriska quien ya había perdido el miedo junto con su madre—. ¡Te va a llegar tu hora! ¡Tú también vas a sufrir!
Pero las nefastas predicciones fueron acalladas por el sonido de explosión que generó la pistola en la mano de Schneider y la bala que le entró en la cabeza a la desdichada joven húngara.
Schneider volvió a elevar el arma, esta vez contra la otra mujer que lo miraba con dignidad, preparándose también para su propia muerte, pero en esta ocasión algo anduvo mal con el arma porque en cuanto el hombre disparó solo se escuchó un chasquido y la bala no salió, así que lo volvió a intentar pero al no conseguirlo únicamente se limitó a abofetearla.
—¿Qué te sucede? —preguntó Selma que venía llegando en ese momento.
—Nada —respondió el hombre con voz seca.
Selma observó con desprecio los cadáveres en el suelo y posteriormente miró a la otra mujer.
—¿Qué? ¿Tienes tanta hambre que deseas comerlas? —preguntó con maldad mientras reía—. ¡Sácalas de aquí, puerca! ¡Busca a los Sonderkommando para que te ayuden y sáquenlas antes de que empiecen a apestar! ¡Rápido, maldita perra!
Un par de horas antes, en Berlín, Hanna al fin había llegado a su casa en el momento justo para ver, por primera vez en mucho tiempo, a los Eisenberg en el jardín. Era una escena aterradora, varios soldados de las SS revisaban la casa, prácticamente destruyéndola a su paso. Los pocos vecinos que estaban afuera corrieron a refugiarse al interior de sus hogares. Angelika lloraba a mares mientras se refugiaba en los brazos de su marido (A su lado yacían tres maletas)
—¡Hanna! —exclamó Angelika, aterrorizada—, ¿Por qué viniste?
—No podía dejarlos, mamá. ¿Dónde está Liebehenschel?
—Ya se marchó —respondió Franz—, parece que vino exclusivamente para cerciorarse de que nos atraparan, dice que su sobrino vio por la ventana a los gemelos.
Hanna giró el rostro y observó a los niños que le devolvían una mirada llena de pavor, lamentando su culpabilidad. Benjamin consolaba a su madre, y Joseph reunía las maletas a su alrededor.
Ella intentó acercarse pero casi enseguida sintió las fuertes manos de un soldado que la tomó del brazo.
—¿Quién eres?
—¡Es nuestra hija! —dijo Angelika.
—Hanna Müller, y soy tan culpable como ellos del delito que se les acusa, tratar de evitar que monstruos como ustedes les hagan daño a personas inocentes.
La respuesta del soldado fue una bofetada que la arrojó contra el suelo. Benjamin reaccionó enseguida y quiso lanzarse contra el hombre, pero afortunadamente su padre y hermano pudieron contenerlo a tiempo. Hanna se levantó del piso y corrió hacia él para intentar calmarlo también. Joseph y Noah lo liberaron para que pudiera abrazarla.
—No dejaré que te lastimen, Hanna. ¡Me las pagará si vuelve!...
—No busques que te maten o entonces no podrás cuidar de mí —respondió ella con astucia mientras le acariciaba el rostro—. ¡Saldremos de esto, Ben! Juntos para siempre, ¿recuerdas?
—Siempre, cariño... siempre.
—¡Todo está listo! —anunció uno de los soldados, dirigiéndose al que Liebehenschel había dejado como líder de la operación.
—¡Entonces vámonos! —ordenó el hombre mientras algunos soldados comenzaban a dar empujones contra los Eisenberg para que abordaran uno de los camiones de las SS.
—¡No! ¿A dónde los llevan? —preguntó Hanna comenzando a alterarse de nuevo al intuir lo que sucedería a continuación.
—A un lugar donde hay muchos como ellos que esperan para abordar el tren —respondió el líder con una sonrisa de maldad—. ¡Sucios hebreos!
—¿Un tren que nos llevará a dónde? —preguntó Noah.
—A algún lugar y punto. ¡Suban!
—¿A dónde vamos, papá? —preguntó Jared con miedo.
—Es por mi culpa, ¿verdad? —intervino Joshua temblando.
—Todo va a estar bien, hijos —dijo Judith intentando calmarlos, aunque su propio corazón daba tal latidos que parecía querer escaparse por su boca.
—¡Yo voy con ellos! —propuso Hanna, aferrándose a las solapas del traje de Benjamin.
—Alemanes y judíos no pueden seguir mezclándose, así que ustedes irán a otro lugar.
—¿Qué? —preguntó Hanna—. ¡No es justo! ¡Ellos también son alemanes!
En ese momento dos soldados tomaron a Benjamin para obligarlo a alejarse, mientras Hanna gritaba desesperada, estirando los brazos para tratar de alcanzarlo nuevamente.
—¡Benjamin! ¡Nooooooo!
—¡Rápido! ¡Suban!
—¡Toma las rosas, Hanna! —gritó Benjamin desde el camión, señalándole algo que ella no había notado hasta ese entonces...
Junto a la maleta que él tomaba en ese momento estaba el pequeño rosal cultivado en la maceta blanca que él le había llevado La Noche de los Cristales Rotos, y de los cuales había surgido el rosal del patio y el de la maceta que luego ella llevó al sótano para adornarlo.
—¡Cuídalas por mí!...
—¡Ben! —exclamó Hanna con la voz tomada por el llanto—. ¡No se lo lleven! ¡Benjamin! ¡Nooooooo!
Ella tomó la maceta mientras observaba, con una mezcla entre miedo y dolor, al camión alejarse junto con los Eisenberg. ¡Se los habían llevado finalmente! ¿Qué sería de ellos? ¿A dónde los llevarían? ¡Los niños! Estaban aterrados, se sentían culpables pero a pesar de que efectivamente por su causa habían sido descubiertos ¿quién podría culparlos de querer sentirse «libres» al menos por un instante?
Deborah y Judith estaban deshechas mientras que Joseph y Noah se mostraban más resignados (ella había temido que tal vez en una situación tan terrible como esa, Noah se mostraría más indómito, pero el pobre tal vez habría pensado finalmente en sus hijos y el resto de su familia, calmando su temperamento por el bien de todos) y Benjamin... ¡No podía olvidar sus ojos! Él intentó mantenerse sereno para transmitirle confianza a ella, pero estaba segura de que estaba asustado.....
—¡Hanna, ven aquí, hija! —dijo su padre, tomándola con delicadeza del brazo.
—¿A dónde los llevan, papá?
—No lo sé, pero muy probablemente a un campo de concentración —respondió en un susurro.
Ella tomó las rosas con un mano y la maleta que su madre le ofrecía con la otra. Estaba deshecha, tenía la sensación de que su mundo se había desmoronado ante sus ojos y jamás, ni siquiera el día de su muerte ella pudo olvidar la mirada de Benjamin, así como la recomendación de cuidar las flores... fue como una despedida definitiva.
—¿Y qué será de nosotros ahora, Franz? —dijo Angelika—. Lo siento, hija pero solo nos dejaron recoger unas cuantas cosas.
—Ustedes tendrán que acompañarnos —respondió el encargado de la operación que la había escuchado.
Nadie dijo nada, pero era evidente que pensaban que tarde o temprano Dedrick Schneider se enteraría de lo sucedido y que no le haría ninguna gracia saber que habían encontrado judíos refugiados en la casa...
—¿A dónde nos llevan? —preguntó Franz.
—Confórmense con saber que irán a un lugar de custodia.
—¿Una prisión? —preguntó Angelika.
—Cometieron un delito de alta traición contra el Reich, no espere que la llevemos a un hotel de cinco estrellas, señora —respondió el hombre adelantándose.
—Lo perdimos todo, incluso Ragweed, pero juro por Dios que no me arrepiento —susurró Franz mientras se subía al camión—, es un riesgo que asumimos desde el principio.
—Estoy de acuerdo contigo, papá —respondió Hanna mientras se secaba las lágrimas—. Quiero saber qué será de los Eisenberg... A nosotros, los nazis nos consideran alemanes puros y por lo tanto no creo que nos hagan daño....
—Nos consideran traidores, Hanna, pero de cualquier modo tampoco me arrepiento —añadió Angelika.
Los Müller fueron trasladados a un lugar repleto de oficiales nazis armados, aunque muchos de ellos estaban detrás de escritorios enfrascados en papeles. No obstante fueron conducidos casi a empujones hacia una celda donde había otras familias, incluyendo niños, todos ellos acusados del mismo delito, esperando por una decisión desde algunas semanas atrás.
Los Eisenberg, al igual que muchos otros judíos, fueron forzados a esperan por el tren que los llevaría a algún lugar mientras la incertidumbre se apoderaba de ellos. Temían que fuesen a asesinarlos en lugar de enviarlos a campos de trabajo, porque en ningún momento les tomaron los nombres.
Noah y Joseph trataban de calmar a los niños que seguían culpándose mientras lloraban con desconsuelo, ambos estaban aterrados al ver la rudeza con la que los soldados trataban a las personas a su alrededor.
Los nazis les obligaron a usar el brazalete con la estrella de David que hallaron en las gavetas del sótano, y que era lo único que tenían disponible como identificación ya que la familia se había confinado antes de la orden de portar la estrella amarilla, no obstante una mujer les facilitó a Deborah y a Judith las estrellas, además de hilo y aguja. Ellas ya estaban resignadas a su suerte y se dedicaron a coser con paciencia las identificaciones en la ropa de todos.
Mientras ellas trabajaban, Benjamin intentaba leer un libro de poemas, trataba de concentrar su mente en palabras hermosas y de alguna forma llenarse de buenas energías que le ayudara a mantenerse aislado de la realidad, pero era tan difícil... no dejaba de pensar en Hanna porque a su familia al menos la tenía consigo y sabía que por ahora estaban bien... ¿Qué estaría sucediendo con ella y sus padres?... ¿Los fusilarían? ¿Los enviarían a prisión?... pero sobre todo... ¿Volvería a verla algún día?
El pobre no pudo soportar más la incertidumbre y se levantó del asiento que había improvisado con su propia maleta. Se pasaba las manos por el rostro una y otra vez sin dejar de suspirar.
—Tranquilo, hijo.
—No, no puedo estarlo, papá.... Si al menos supiera como están ellos.
—Yo también estoy preocupado, lo confieso, pero solo espero que adonde los hayan llevado estén mejor que nosotros aquí. Tenemos que cuidar muy bien de los niños, tu madre y Judith.
Allí pasaron toda la noche esperando, y hubiesen estado hambrientos si no es porque afortunadamente, Angelika les había bajado un pastel aquella mañana para que lo usaran luego como merienda, y pues, tomando precauciones fue una de las primeras cosas que Deborah empacó a las apuradas mientras los oficiales nazis lo revolvían todo a su alrededor.
—¡Levántense! —escucharon la orden de un oficial a través de las bocinas—.Identifiquen su equipaje para que no lo pierdan. Se les facilitaran pinceles y pintura. Escriban en forma clara sus nombres y los de su familia, conjuntamente con su dirección. Los trenes llegarán dentro de poco.
—No puedo creer que esto esté pasando —dijo Noah mientras recibía la pintura de manos de una mujer vestida con uniforme identificado con la maguen David.
—¿Crees que vayamos a parar a un gueto? —preguntó Judith.
—No, eso con seguridad no, los guetos han sido eliminados en su mayoría, ¿no recuerdas las noticias? —respondió Benjamin—. Iremos a parar a un campo de concentración, es lo más seguro.
—¡Dios mío! —susurró Judith asustada—, sabemos que esos lugares son horribles.
—¡Guarden silencio, se acercan los niños! —sugirió Deborah.
—¡Tengo hambre, mamá! —dijo Jared.
—Yo también y estoy cansado. ¿Cuándo nos dejarán volver a casa? —añadió Joshua.
—Sí ¿por cuánto tiempo más nos dejarán castigados aquí? ¿Y por qué están tan molestos esos soldados? —dijo Jared—. ¿Qué hicimos?
—No hemos hecho nada malo —dijo Joseph—, al contrario, nos hemos mantenido firmes en nuestra fe y así tiene que ser siempre, sin importar a donde vayamos y lo que nos espere allí, ¿de acuerdo?
Todos asintieron.
Judith rebuscó en la maleta y encontró la porción de pastel que había guardado para el desayuno, y la cortó de forma que todos recibieran un trozo pequeño con el que engañar el hambre durante un tiempo. Sin embargo al poco rato la misma mujer que les proporcionó los materiales para identificar el equipaje, les dio a cada una pieza de pan negro untada con mantequilla, y muchos de los allí presente la recibieron con desprecio sin imaginar siquiera que aquello sería un lujo que difícilmente podrían volver a ver.
El sonido de una locomotora en la distancia se fue haciendo cada vez más cercano hasta que al fin se detuvo...
Los nazis hacían subir a empujones a las personas dentro de los cincuenta vagones, cada uno de nueve metros de largo por tres metros y sesenta centímetros de ancho, con una sola ventana rectangular como única ventilación, porque originalmente estaban diseñados para transportar carga, por lo cual tampoco contaba con asientos. En ellos, cabrían a lo mucho unas cincuenta personas de pie, pero los nazis los llenaban con el doble de su capacidad.
El corazón de todos latía con violencia ante el miedo de no saber a donde serían trasladados, pero sobre todo cuando escucharon a un hombre preguntar a dónde irían, recibiendo como única respuesta de parte de uno de los oficiales nazis, que todos serían llevados al infierno. Y basándose en que estaban siendo hacinados en esos vagones, parecía que el lugar de destino en realidad no sería demasiado alentador.
Por otra parte, conforme el tren comenzó a moverse, muchos perdieron las esperanzas y hasta la fe mientras Joseph insistía en que no los escucharan, pero Benjamin no pudo evitar que un par de lágrimas se escaparan de sus ojos al pensar en Hanna y sus padres de nuevo. El tren ganaba velocidad y con cada segundo y minuto se alejaba más de ella... ¿A dónde iría? ¿A dónde la llevarían a ella, a Franz y a Angelika?... ¿Volvería a verla alguna vez?
Hanna por su parte, al igual que sus padres y todos los que estaban allí no habían pegado un ojo en toda la noche, estaban muertos de hambre e incertidumbre y para colmo tenían que soportar las burlas de su guardián que no hacía más que decirles que serían fusilados o colgados en una plaza pública como escarmiento para los demás traidores, pero Hanna solo pensaba en Benjamin y los demás Eisenberg, porque estaba segura de que a los judíos siempre les tocaba la peor parte...
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