El Reloj Maldito de Güigüe (Capítulo 8)

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Al día siguiente, Crónidas se encontraba en el bello jardín de la posada, analizando todos los audios grabados durante las conversaciones con el profesor portillo. Era una tarde silenciosa y melancólica debido a que los pocos huéspedes que había, se encontraban en sus habitaciones, quizá estaban cansados o tal vez no les apetecía estar afuera con ese día tan gris y frío, pero Crónidas estaba acostumbrado al clima de su natal Berna, mucho más gélido.

Una a una se fue paseando por las historias de las víctimas del reloj, incluso desde los tiempos de su instalación en casa del entonces presidente de la nación. Todas parecían historias fantásticas, inverosímiles, pero no había duda de que todos esos relojeros perecieron por causas que la ciencia de entonces no pudo identificar, salvo en el caso de Salvatore Consoli, que murió debido a la bomba que cayó sobre el hotel donde se hospedaba.

Todos muertos después de reparar el reloj.... No sonaba lógico, cada vez estaba más seguro de que había alguna sustancia tóxica en el interior. No obstante, surgía una pregunta efímera que él, de forma inconsciente, se dedicaba a responder usando la única objeción que se le ocurría.

¿Por qué todos morían a la misma hora que el reloj se detenía?...... Una casualidad, extraña, inquietante incluso, pero no pasaba de ser una casualidad.

De repente surgió otras par de esas interrogantes, incómodas, porque amenazaban con interferir con sus planes.

¿Qué clase de sustancia tan eficaz era esa que sus efectos perduraban por tantos años? o ¿Por qué había resistido a los tratamientos con ácido que los técnicos habían usado para deshacerse de la herrumbre?..... Tal vez esas soluciones químicas habían empeorado la toxicidad ¡SÍ!, tal vez era eso..... Debía ser muy cuidadoso entonces —pensó el hombre mientras dejaba de escuchar el último audio para dedicarse a contemplar la lluvia desde su silla reclinable.

—¿Le apetece un café, señor Piaget? —preguntó un joven con sonrisa amable, ofreciéndole una bandeja con una taza grande y humeante del café con leche que tanto le gustaba.

—¡Sí! Muchas gracias, creo que me leíste el pensamiento —respondió Crónidas tomando la taza.

—Hace frío aquí —dijo el mozo—. Si gusta puede pasar a la sala común donde estaremos proyectando una película.

—Muchas gracias pero no, aquí estoy mejor, disfrutando de la naturaleza.

El joven sonrió de nuevo y se retiró para darle espacio.

Crónidas le dio un sorbo a su café y lo saboreó con placer mientras se deleitaba con la cortina de agua que comenzaba a caer. Desde ese ancho corredor podía contemplar la imponencia de la lluvia sin salpicarse.

El agua caía a través de los canales del techo, regando las plantas colgantes mientras algunas flores cerraban sus pétalos para protegerse. A lo lejos se escuchaba el griterío y alboroto de la comunidad de guacamayas que vivía dentro de una jaula enorme. Estas eran conocidas como Guacamayas bandera, porque poseían los colores de la bandera nacional.

El relojero abrió y encendió su computadora portátil para continuar con la investigación acerca de venenos potentes y sus efectos al untarlos en objetos. Necesitaba saber como protegerse, qué zonas del cuerpo podían llegar a ser las más vulnerables...

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Un relámpago iluminó todo a su alrededor y a pesar de esperarlo, no pudo evitar sobresaltarse al escuchar el característico estallido, pero pasado el sobresalto, todavía con una sonrisa en los labios, el hombre volvió a concentrarse en la lectura. Encontró miles de venenos que podrían haberse empleado durante la fabricación del reloj: algunos pudieron haber sido inhalados y otros quizá entraron por los poros de la piel.

Conforme leía, Crónidas comenzó a plantearse la posibilidad de que el veneno no hubiese sido implantado en el interior del reloj a propósito, y que quizá ni siquiera hubiese sido durante su fabricación...

Tal vez, durante su ensamblaje en la hacienda El Trompillo, las piezas hubiesen sido colocadas en el piso, cerca del jardín, donde posiblemente creciera la planta de ricino, que es un arbusto que se puede encontrar en todo el mundo y cuyas semillas contienen una sustancia tóxica que puede llegar a ser letal después de una larga agonía. No obstante, si ése hubiese sido el caso, Crónidas no podía explicar por qué ninguno de los jornaleros de la hacienda o los ensambladores resultaron afectados, al menos no había registros de ello. Tampoco podía explicarse por qué el patrón de muerte no era siempre el mismo (unos murieron poco tiempo después, y otros luego de un mes como en el caso del amigo del profesor).... Solo era una absurda teoría.

Por otra parte no podía confiarse en la posibilidad de que el veneno hubiese perdido toxicidad debido al tiempo que había transcurrido pues, aunque la última de las muertes, la del amigo del profesor Portillo, había ocurrido hacía cincuenta y dos años, para ese entonces habían pasado varios desde el último deceso, entonces era evidente que el veneno era tan potente que perduraba por muchos años. Ignoraba si éste todavía podía ser efectivo, pero de todos modos no correría riesgos, necesitaba protección que tal vez no conseguiría en Güigüe.

Crónidas apuntó en una libreta lo que creía que necesitaría: Un par de guantes industriales de protección, de esos que utilizaban cuando se manipulaban objetos altamente peligrosos como desechos médicos, o incluso que pudieran contener radiación. Luego tachó el único requisito escrito y lo sustituyó por la palabra «traje especial» Sería mejor asegurarse de una completa protección, pues el traje incluiría una máscara de oxígeno para que no tuviera que respirar el del exterior mientras estuviera trabajando en la cabina del reloj.

Probablemente necesitaría de algún permiso especial para hacerse con uno de esos trajes. No sería tarea sencilla conseguirlo. Sin embargo, segundos más tarde descubrió que no era así, pues al entrar en una página web de compra y venta de artículos, descubrió lo que necesitaba sin necesidad de permisos ni otros obstáculos.

Se llamaba traje Kappler, y solo era eso, un traje de protección química que no tendría porqué requerir de aprobaciones, así que sin más dilatación se dedicó a hacer la comprar. Él eligió un modelo encapsulado para mayor protección.

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Fuente

Tras confirmar la compra por teléfono, Crónidas llamó a Víctor, el taxista, pues al día siguiente tendría que viajar a Valencia para ir a retirar la compra.

El relojero estaba satisfecho y expectante, no podía esperar a tener ese traje y así solicitar oficialmente el permiso al ayuntamiento para reparar el reloj de Güigüe.

Después de concertar la cita con su amigo, Crónidas se dispuso a relajarse. Le apetecía leer mientras escuchaba un poco de música, así que se acomodó los audífonos, tomó su libro favorito y comenzó a sumergirse en el universo de Agatha Christie, su escritora favorita.

De vez en cuando un relámpago iluminaba el cielo gris y oscuro, pero el ruido quedaba amortiguado por la música que Crónidas escuchaba, aunque sí sentía el ligero estremecimiento que dejaba el rayo tras su descarga. En algún momento, el él apartó la mirada del libro y entonces observó, o al menos le pareció observar, algo que llamó poderosamente su atención...

Cerca del Landó que adornaba el bello jardín de la posada, estaba parado un hombre vestido con un uniforme militar antiguo, y desde allí, a pesar de la lluvia, lo miraba.

Crónidas se levantó tan rápido que el libro se le cayó de las manos. Se quitó entonce los audífonos y caminó hacia donde estaban las plantas colgantes, sin importarle que el agua lo salpicara. Agudizó la vista, entrecerrando los ojos, pero ya no pudo ver nada...

Allí, junto al viejo carruaje no había nadie. ¿Acaso se estaba volviendo loco, o la novela que estaba leyendo lo estaba afectando hasta el punto de creer ver espías por todos lados?

No le dio importancia al asunto y volvió a sumergirse en la lectura hasta que se dio cuenta de que la lluvia paró y que comenzaba a anochecer. Entonces se levantó de la silla reclinable, tomó sus cosas y se marchó a la habitación, necesitaba darse un baño antes de bajar a cenar, posteriormente conversaría un poco con su familia, como era costumbre y después se iría a dormir temprano, pues al día siguiente su amigo lo iría a recoger para llevarlo a la ciudad de Valencia.

Estaba consciente de que, al igual que con su amigo Víctor, encontraría reticencia en el profesor Portillo, pues el primero se basaba en el historial de víctimas, y el último había perdido a su fiel amigo en extrañas circunstancias después de reparar el artefacto, pero ninguno de los dos comprendía que él tenía la fuerte convicción de que todo aquello tenía una explicación lógica, una base científica que no había sido revelada aún. Él lograría desbaratar toda esa absurda hipótesis de «la maldición» solo tenía que tomar las precauciones necesarias, y el reloj de Güigüe volvería a andar, esta vez sin graves consecuencias.

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