¿Y ahora? Reinterpretando

Words
570
Reading
3 min
5y
Listen to this post
~4 min

image.png

Fuente

El autobús siguió su monótono transcurrir por pueblos perdidos, en los que me despertaba el trajín de las paradas y el hablar de los nuevos pasajeros que se iban incorporando en el previamente casi desierto pasaje. Había varias opciones de billete y escogí la más barata, más por el gusto de la aventura, que por necesitar ahorrar realmente ese dinero, estaba al principio de mi gran aventura, y mi capital, permanecía intacto.

A veces, el traqueteo me despertaba sin necesidad de paradas, y no se veía absolutamente nada, la carretera monocorde, el secarral acompañando como único paisaje desolador, interrumpido muy remotamente por la luz persistente de los camiones de largo transito(vehículo longo) La noche, fue dando de forma al principio imperceptible, paso a las luces que conducen al alba, yo lo noté también en la humedad que se iba condensando en los cristales que parecía que atravesaran la barrera física, y fuese un intento desesperado de la noche de colonizar tu calor antes del irremisible final.

Con las primeras luces del alba llegamos al hotel, el único en mitad de ninguna parte, el conductor nos dijo por la megafonía que se había quedado anclada en los noventa(al menos no era una voz pregrabada en varios idiomas) que el servicio de habitaciones, tardaría un rato en estar disponible que teníamos la opción de quedarnos en el bus, o ir a la cafetería a tomarnos un desayuno o pequeño refrigerio. Desayuné un café infernal y un bocadillo de pan de textura gomosa, que encubría a duras penas el sabor de una tortilla al borde puro de la fermentación, el hambre, me hizo hacer de tripas corazón, aún siendo consciente del poco recorrido que iba a tener semejantes alimentos, en mis ya traqueteadas tripas.

Vi partir el autobús y durante un instante dudé en salir corriendo tras el, pero miré, si llevaba mi exiguo equipaje, un bolso de mano, con todo lo necesario. La recepción del hotel, me retrotrajo a la infancia, madera, alfombras y olor a tabaco, recepcionista de mediana edad, taquillas de madera color caoba y llaves enormes al punto de herrumbre. La habitación, nada del otro mundo, una cama dura, suelo enmoquetado, la misma sucesión de maderas de la recepción se extendía como una tela de araña densa por el resto de los pasillos, e intuyo que estancias, el baño, correcto, la única modernidad, aquí concentrada, plato de ducha y doble alcachofa, la televisión, por supuesto de culo, y sin mando a distancia.

Me di una ducha, escogí el hilo musical de jazz de al lado del cabecero de la cama, en el que llevaba sonando la misma música de manera ininterrumpida desde los años noventa, ese jazz de ascensor que tras el traqueteo y las incomodidades del autobús, se me antojaba música gloriosa. Después ni enchufé el portátil, repasé los correos desde el móvil, programé el envío de los correos más urgentes y me quedé dormido sin deshacer la maleta, desnudo(apenas cubierto por la escasa toalla del alojamiento) y aun húmedo, mecido por el run run de la persistente melodía de ascensor y el grave contrarresto del aire acondicionado.

La soledad, no había hecho más que empezar y ya se me estaba haciendo eterna...

Este texto, ha sido inspirado y reinterpretado sobre un texto original de una tuitera que lo ha compartido el relato y me ha retrotraído a recuerdos de la primera juventud.

Os enlazo el original

¿Y ahora? Reinterpretando | Ecency