En la puerta del supermercado, escuchó a pesar de los cascos, al individuo con el que se cruzaba todos los días por la avenida. Era el mismo, andaba a grandes zancadas, con un pantalón destartalado en el que entraban cuatro piernas suyas y una camisa en modo saya. Y por supuesto sin mascarilla.
Pues el mismo tipo, me gritaba, a la puerta del supermercado, ¡¡¡hombre, hombre, hombre!!! Por una vez, me paré, le escuché, le hacía falta dinero, creo que me dijo, me pilló en esos días que estás tan quemado, que en vez de esquivar sus cachorros de perro, sus cartones de vino y su carro de mierdas varias, le pedí el móvil y le hice un bizum.
Lo que tenía en el banco, quinientos euros, hala, me quedé a gusto. Musitó unas gracias, estupefacto, mirando la pantalla de móvil. No volví a verlo en tiempo, supongo que aprovecharía para darse un viaje, o una fiesta, quien sabe.
Los días pasaron, la primavera, dio paso a un verano caluroso, corto y seco. En el mes de Septiembre, la fresca hizo que la ropa de invierno, fuese anticipada, con toda su molestia, iba pensando mientras me encaminaba al juzgado a la enésima presentación de papeles.
Salí de ahí, desolado, otro recurso, otra negativa, no hay salida, ante los abogados de una empresa grande, sin nada mejor que hacer que mandar una y otra vez recursos para pillarme de forma irremisible. Me senté en los escalones, a comerme mi propia amargura y oír música sin más pretensión que dejar pasar el tiempo.
Noté una mano que amablemente me preguntó que pasaba, de primeras no lo reconocí, el sin embargo sí. Estaba irreconocible, con su traje, su pelo corto, aunque la faz la conservaba morena del tiempo de mendigo. Me dijo de ir a tomar un café y le conté mis tribulaciones, de los últimos tiempos y bueno, fue amable, pero tuvo que cortarme porque tenía citación en el juzgado. Eso si, me dijo que si podía llevarse la documentación.
Le dije que por supuesto, ya lo había dado todo por perdido, total, era un alivio, no tener que cargarlo de vuelta a casa. No había llegado a la casa, y ya había olvidado totalmente el tema, volví a la vida, como no quedaba otra, y cuando habían pasado los días, ya era un mero recuerdo, una historia, como si le hubiera pasado a otro.
Las estaciones volvieron a pasar, la cosa no iba mal, en comparación de lo que me contaban de como le iba al resto del mundo, ni bien ni mal ni todo lo contrario. Compré en el supermercado, pagué con tarjeta, rasqué el cupón y al salir, fui por curiosidad el importe del cobro. Había un mensaje residente del banco, de esos que salen arriba, de información importante.
Cuando llegué a la casa, abrí el ordenador y fui a meterme en la aplicación a abrir la notificación, con recelo, a ver lo que era. El mensaje, me dejó anonadado, era una notificación del juzgado con el reintegro del importe que me habían embargado y mucho más. Las lágrimas, me acudieron al rostro.
Al rato, me llegó un mensaje, "te lo debía, me ayudaste, cuando no era nada, la semana que viene, te llegará la documentación"
A veces, te da un alivio la vida.