Es solo una noche más que te despiertas, son las cinco de la mañana, y aunque la sensación física que reconoces en las tripas, no es la esperada, tienes hambre. Aunque a nivel cerebral, no tienes estímulos, y el cuerpo, lo que te pide, es el chute de café con leche caliente. Ese pico de acidez, que precede a los amargos, que se deslizan por la garganta, y es la verdadera y casi única razón que da sentido a la existencia.
Ayer, coincidí dos veces, después de mucho tiempo. Un encuentro anterior, marcado por la alergia y no saber si era o no era, la visión miope, crea más descortesías que la falta de educación. Esta vez, si era claro que era ella. Un operario, de mediana edad, enjuto, con la mirada profunda, de haber apurado muchas copas, pero sin olor a tabaco, eso sí, calibraba de forma precisa, si la monstruosidad de televisión cabría en el exiguo ascensor, que a pesar de todo, engañaba, multiplicaba su espacio.
Cuando al cuerpo, le metes ayuno, lo que necesita es suela, suelo que pisar, y sol, y música en los auriculares(los podcast, que normalmente, escuchas con gusto, palidecen, en el momento que el hambre, te hace ver de forma meridianamente clara, la verdad). Encargué el pan, las chicas, estaban juntas en el puesto principal, vi preocupación en las miradas, no sé, quizás la cosa, vaya mal, espero que no.
Encargué dos panes, y di un somero recorrido, los lunes, no hay pescado y el mercado, languidece, falto de esa arteria principal, había fruta bien de precio, pero excesivamente madura, hasta para mi. Pospuse la posible decisión de compra al mañana, de recoger el pan, a ver si entraban novedades, que fuesen menos perecederas y por tanto, más susceptibles de ser compradas.
La vuelta, la hice por el recorrido largo, llegué hasta la casa de socorro que marca el límite, con lo que alguna vez, fue el barrio del bulto. Retorné por vialia. Ni entré en la estación de autobuses, buscando ese pico de frikismo que muchas veces me da la vida. El sol, era duro, adusto, se pegaba a la piel como un ave rapaz que es imposible quitarse, me hizo acelerar el paso, exceptuando el tránsito breve , por el frontal de la autoescuela, donde aminoré, brevemente la marcha, y la piel se erizó, ante la presencia, por breves segundos de una belleza de juventud que sigue siéndolo.
Gazpacho de bote, no vale nada, a pesar del precio, unas habichuelas verdes, que ahora mismo cuecen, inundando la casa de ese olor mediocre no sé porqué, a pobre y un pollo, de esos que me gustan, de crianza lenta, alimentado como Dios manda, criado en Navarra, tierra poco sospechosa de amaños y ventajismos que se nota luego en la mesa. Dos euros y medio menos de su precio original, solo me queda el despiece.
Al llegar al portal, sale del ascensor con un hasta luego que oigo a pesar de los cascos, va espléndida, lozana, hermosa, exuberante, carnal, y el olor a perfume bueno, inunda el ascensor, que hace que vaya con una erección que dura los escasos cuatro pisos, hasta que llego al fin a casa.