Sales, es temprano, pero se te ha hecho tarde, no estás acostumbrado a coger el coche, y menos sin combustible y con un espejo retrovisor menos. La distancia, da igual, son las 8,45 cuando metes la llave en el contacto, arrancas, bajas la mascarilla, pones la radio giras el volante y en tres maniobras, aprovechando que no viene nadie, sales.
Hay semáforos, uno, dos, tres, tropecientos hasta el destino, otros coches, circulación lenta, son las 8,55 de la mañana, la chica te ha escrito, ha salido ya del gimnasio, le dices, le mientes más bien, estás en camino, en dos minutos, estás ahí. Las opciones de ruta, no son las peores, pero hay buses, grúas cargando coches, y policía controlando el tráfico en el acceso a los colegios, y pasas por la puerta de dos, el último, Tartessos.
Enfilas la calle, son las nueve y cuatro minutos, si hubiera ido andando, solo hubiera necesitado diez minutos más y no tendría la angustia de pensar que le voy a dar a alguien en los cambios de carril del ángulo muerto, ahora que hay ciclistas, patinetes, motos eléctricas y el típico abuelo con principio de demencia o simplemente sudapollismo que cruza por donde le place.
Descarto un sitio, el siguiente, veo un poco más adelante un hueco grande, cruzo la línea continua, después miro a ver si había policía, justo al contrario de lo que hay que hacer, he tenido suerte, no viene nadie, estarán ocupando tomando cafés, o dirigiendo el tráfico de la puerta de los colegios, o poniendo stop loss en absurdas órdenes de venta, mientras hacen como que trabajan en sus despachos que apestan a tabaco y a sudor mezclados con Axe.
Salgo, cierro el coche, pliego el espejo que me queda bien, yo quiero más movidas con desaprensivos o aburridos de la vida que aun no han empezado a experimentar. Me subo la mascarilla, miro, no viene nadie, cruzo, son las nueve y seis minutos, me siento mal, la chica tiene que irse a trabajar, no la veo sigo y sigo en dirección al gimnasio, paso el quiosco, el antiguo local del gimnasio, la veo, nos saludamos brevemente, me paga, intercambiamos un par de frases amables, la acompaño una parte del recorrido, nos separamos, llego al coche, son las nueve y apenas doce minutos, pongo la radio, suena la era del jabalí blanco, sonrío, no hay más mensajes, siguiente parada, la gasolinera.