En el marasmo del trimestre, siempre me pasa igual, me cuesta horrores arrancarme a escribir y se quedan buenas ideas en el tintero, que le vamos a hacer. Con el paso de los días, pierde lustre y lo que parece una cosa con el paso de los días y la perdida de la pulsión original pues se queda en prácticamente nada.
En estos días se ha confirmado una gran noticia, una paz adicional a mí alma, una cosa tan sencilla y a la vez tan importante. Resumiendo, ya no tengo vecinos arriba. Durante los primeros días, pensaba que habían alargado las vacaciones navideñas y era cuestión de tiempo, pero con el transcurrir de los días ha confirmado la buena noticia, no están, se han ido.
Días antes de las navidades, los vi llevándose un ventilador y alguna que otra cosa que no era lo normal de mover en estas fechas, eso me hizo albergar la esperanza de que se fueran, pero la materialización, ha sido de una paz. Lo echaba de menos.
No creáis que me quejo de vicio, he vivido muchos años en pisos, no me sorprende vivir en comunidad, pero lo de mis vecinos, no era normal. Un matrimonio, relativamente joven con dos hijos, un chico y una chica respectivamente, que bueno se ve que con perdón, venían de vivir de una cueva o una chabola.
Sucesión de accidentes domésticos por dejarse grifos abiertos, taladros a deshora, carreras, gritos, voces y grandes noches de borrachera y zapateado que ni el más paciente de los mortales y no lo soy, debería tener que aguantar.
Para colmo, morosos reincidentes con más de dos años de debe de cuotas, y aquí no pasa nada, cuando a mí por muchísimo menos, me metieron un monitorio, pero eso es ya otra historia.
A ver lo que dura la felicidad y si no terminaré echando de menos, lo dudo, a los sinvergüenzas de arriba. Pero a la vista del futuro a corto que nos espera de confinamiento, espero tener un 2021 tranquilo.