Esa tarde me quedé en tus labios,
impregnada de tu aliento,
sumida en lo inconcebible,
pero presa de tus brazos
y viviendo cada instante,
como el último suspiro
entregado en el ocaso.
Esa tarde me quedé en tus labios,
con la cordura extraviada
que originaban tus manos,
cuando recorrían mi cuello y
bajaban por mis brazos,
tomando así mi cintura,
ceñida a tu cuerpo, amado.
Esa tarde me quedé en tus labios,
y apropiándote de ellos,
entre mordiscos ansiados,
provocabas locamente,
el calor de mis entrañas,
llevándome al desenfreno
del deseo más anhelado.
Esa tarde me quedé en tus labios,
y aun sigo recordando y
reviviendo cada instante,
cuando el borboteo de deseos,
iniciaron la pasión
y la emoción compartida
se convertía en una sola
abriendo la puerta a ese vértigo
que despertara el amor.