Son las doce de la noche de un bar de Buenos Aires, deben quedar todavía tres horas de servicio, pido un permiso y me siento en una esquina, enciendo un cigarro, mientras pienso en mi novela, aquella que me espera en la computadora que guardo en mi país inventado, es decir en la pequeña habitación de dos por dos que alquilo en el barrio de Almagro.
Ya sé que no es una novela que ganará el premio Nobel de Literatura, no soy un escritor de grandes palabras, además soy un escritor que tiene en su currículo solo palabras que se plasman en el papel de una grasienta comanda (Soy de esos escritores que la gente le suele preguntar “Qué coño has hecho con tu vida, en dónde escribes). Cada vez tengo menos tiempo de leer, todavía descansa en la mesa de noche la obra de Hamlet que no he podido releer. Pensar en la absurda literatura es difícil, ya estoy tan cansado, me quito los zapatos un segundo y miro la puteada luna, siempre que hablamos los malos escritores, tenemos que mencionar la luna, es una ley, no sé quién la inventó, pero es una ley infalible.
Es una novela menor, una bella novela menor, tan menor que ni siquiera llegará a los estantes de una editorial independiente. Es una novela menor, tan menor que ni siquiera traerá la admiración de alguna amante nocturna. Es una novela menor, tan menor que a veces dudo que la muy canalla se dejé escribir alguna vez.
Mi novela menor es como una amante que no quiere mirarme, que a veces es caprichosa y me mira desde arriba, tiene vergüenza de su creador, me duele que ella siempre gire su rostro. Mi novela menor le gusta tanto la soledad, que me está triturando los huesos, no tiene ninguna clase de piedad. Mi novela menor es una relación que quiere terminarse, que agoniza a diario sin terminar de morir.
La noche siempre despierta a los grandes novelistas, Gabriel García Márquez, Saramago, Roberto Bolaños, Ernesto Sábato, Dostoevsky, Kundera, Joyce. Y me siento tan pequeño, mientras el cosmos va presentándome junto a las estrellas a cada una de aquellas grandes novelas, aquellas novelas que se leen en el secundario, aquellas novelas que son objeto de estudios en las tesis de doctorado, aquellas novelas que no participan en los concursos de los noveles escritores. Así sucede, y no queda más que seguir. Total, siempre hay un cliente nefasto que no puede esperar que el camarero medite un par de segundos. Si pudiese pedir un deseo, sería dejar la tímida escritura y ser tan sólo un golpeador profesional de bares.
Termina el descanso, hay que volver al salón, y termino confesándome que no llevo ni una línea de aquella famosa novela menor, me siento derrotado en casa paso, miro una mesa que queda vacía, sonríe mientras veo un par de monedas sueltas. Sonrío, pienso de manera absurda, que tal vez mi novela menor comienza con unas monedas dejadas por descuido en la mesa ocho de un bar de la calle Corrientes.