Cómo nació mi alianza con las Guacamayas. Una historia de amor ❤️

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Quiero contarles cómo inició la hermosa alianza con las guacamayas y cómo disfruto mi día a día con ellas desde la ventana de mi hogar.

Antes de mudarme a este apartamento, en mi antiguo espacio sus visitas eran poco frecuentes. Sin embargo, apenas me instalé aquí, noté que su presencia en la zona era habitual. Eso me emocionó muchísimo. Las veía de lejos y, mientras se posaban en los balcones vecinos, las contemplaba con la ilusión de que llegara el momento en que pudiera atenderlas. Ya me había preparado comprando semillas de girasol, aunque aún no sabía cómo funcionaría la rutina en mi nueva urbanización.
Hasta que, finalmente, llegó el gran día: recibí la primera visita. Vino una sola y fui increíblemente feliz. Fue tanta la emoción del momento que la asustamos involuntariamente y salió volando. Pero no tardó en regresar, y esta vez lo hizo acompañada por varias aves de su bandada. Fue impresionante ver a tantas juntas. Les ofrecimos comida sin calcular las cantidades y en poco tiempo nos quedamos sin nada, ¡porque comen muchísimo! Al notar que ya no había más alimento, se fueron.

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Por cierto tenía unas rejas que no me gustaban y las mandé a quitar

Al día siguiente regresó la misma visitante (o al menos eso supuse), tranquila y en soledad. Se posó en la ventana esperando pacientemente. Como no teníamos semillas, le dimos un trozo de banana. A partir de ese instante no dejó de venir; nos visitaba hasta tres veces al día.

Con el tiempo comenzaron a llegar más, pero ella siempre mantuvo un lugar especial para nosotros. Era la pionera y la más fiel. Mientras las demás se marchaban, ella se quedaba, como si dijera: «Yo me quedo aquí porque a mí me consienten más». Como siempre venía sola y es difícil distinguir a simple vista entre un macho y una hembra, decidimos llamarla cariñosamente «La Gorda».
Tras casi dos meses de visitas continuas, un día «La Gorda» apareció acompañada. Sentimos una alegría inmensa al comprender que ya tenía pareja, pues dicen que una vez que estas aves se unen, permanecen juntas e inseparables para toda la vida.

Desde entonces, mi gran anhelo era verla convertida en madre. A menudo le decía: «Gorda, ¿cuándo me vas a traer a tu bebé?». Hasta que ese día tan esperado por fin llegó. Al ver al pequeño junto a sus padres, la emoción me embargó por completo; me sentí como una abuela al conocer a su primer nieto.

Ver cómo protegen y alimentan a su cría ha sido una de las lecciones más hermosas de este proceso. Aprendimos que no debemos darles alimento directamente a los pichones, ya que son sus padres quienes deben encargarse de nutrirlos y enseñarles a sobrevivir. Hoy en día, mi ventana no es solo un marco hacia la ciudad, sino un refugio donde la vida salvaje y la ternura que nos hace sentir se encuentran diariamente en perfecta armonía.

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