Cuando cantó aquel gallo trasnochado desde el sitio indescifrable en la lejanía de la madrugada, Don Juan sintió la presión en la vejiga que tenía cuatro horas esperando. Eran las dos de la madrugada, del primero de Octubre, el infinito día de su octogésimo tercer cumpleaños, arrastraba sus años de sobra con una melancolía casi compasiva para consigo mismo, pues estaba convencido que moriría a los ochenta años de edad.
Se levantó de la silla mecedora, agobiado por la pesada carga de sus ochenta y tres años a cuesta, apoyándose por la vida en las paredes y muebles, pues ya no soportaba la carga de seguir viviendo. Había pasado los últimos tres años vegetando entre la mecedora que ocupaba el mismo lugar desde entonces y la gloriosa sombra de la mata de mamón macho donde iba a depositar sus micciones, que se hacían menos frecuentes que cuando cumplió las ocho décadas, ya no dolía al orinar, ya era capaz de aguantar las ganas y evitarse la vergüenza propia de los otoños incomprendidos.
Fuente: La verdad noticias
Cuando estaba próximo a cumplir los ochenta años, fue víctima de un inclemente insomnio que lo dejaba deambulando por la casa la noche entera con una almohada escuálida y una sábana viejísima, casi traslúcida que conservaba por simple capricho senil bajo el brazo. Fue por esos tiempos cuando decidió dormir en una hamaca andina de lana bajo la sombra del árbol de mamón macho, por consideración a su mujer, para no perturbar su descanso porque a ella aún la necesidad de dormir no la había abandonado. Y así pasaba noches integras contemplando estrellas y preparando las despedidas más apropiadas para cuando le tocara morirse y orinándose sin conciencia encima de la cama colgante; su mujer se exasperó ante la tarea diaria de lavar la hamaca para que no oliera a "orina de toro" que según ella era a lo que olía el orine de viejo. Don Juan, agobiado por la vergüenza de causarle tanto trabajo a su mujer con algo de lo cual no tenía la culpa, decidió entonces pasar la mayor parte de la noche recostado al árbol, contemplando estrellas y preparando despedidas con el miembro viril lacio y blandengue expuesto a todas luces para que la inoportunidad de las micciones no lo sorprendiera dejándole suciedades que resquebrajaran la armonía familiar.
Tenía tres hijos, Marcos, María y Manuel, todos impetuosos y fantásticos como sus padres, compartían lo mejor y lo peor de cada uno sin mezquindades, con los treinta años del mayor aún su padre se complacía que no hubiera tenido el valor de abandonar el nido familiar. La segunda lo intentó en cinco meses de aventuras amorosas desaforadas con una mala elección y regresó siendo recibida con los brazos abiertos como si se tratase de unas vacaciones gratis que le tocó vivir y el tercero le atinaba con sus caprichos a las debilidades de su madre que vivía y moría si era necesario por mantener a su hijo más pequeño contento. Don Juan reprobaba cualquier conducta de sus hijos que los llevara a ser más dependientes y menos conscientes de la situación real que siempre taparon con su mundo de fantasías albergando la esperanza de que papá y mamá correrían a socorrerlos en sus cada vez más frecuentes estados de conmoción. Sus criticas fueron cada vez menos escuchadas, últimamente fueron ignoradas por completo y pocos días después de haber cumplido ochenta, nadie en la casa le dirigía la palabra, incluso había días enteros en que no lo daban ni siquiera de comer. Estaba convencido de morir a los ochenta porque en su estado de decrepitud esa era una edad razonable para dejar de estorbar y no quería convertirse en el accesorio feo que nadie sabe donde colocar para que no entorpezca el ambiente y que nadie se atreve a botar porque es delito, pero que al final nadie quiere. En Julio antes de cumplir ochenta, empezó a usar bastón por causa de una caída aparatosa al tratar de subir a la hamaca en un ligero estado de ebriedad, tenía la certeza de estar llegando al final de sus respiraciones en este mundo y preparó a todo mundo para que lo despidiera tranquilo, en paz y feliz de su descanso para siempre.
Había sido un padre ejemplar y un hombre realmente trabajador, su familia vivió a sus anchas con la satisfacción de su sudor diario tres turnos al día por casi cuarenta años. Era decente, discreto, espontáneo y familiar. Sus hijos nunca dejarían de lamentar el hecho de nunca haberle hecho entender a su padre, el amor que le tenían.
Esa noche después de orinar, Don Juan contempló de nuevo el cielo y repasó una de sus tantas despedidas, notó que el cielo se estaba cubriendo de un amarillo verdoso en el horizonte lejano del este. Comprendió que ya estaba parado sobre la propia mierda de su vejez. Lloró amargamente con la certeza de que su hora había pasado y tal vez no moriría nunca. Porque nadie muere después o antes de su hora.
La Victoria, 16 de Marzo del 2010