Mi última visita a Choroni

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Pocas cosas he echado de menos durante este largo confinamiento que nos ha impuesto la Covid-19, pero una de las que más he lamentado es no poder visitar el mar. Pero no, no cualquier mar: Choroni en concreto, mi sitio favorito en el mundo (y no conozco mucho del mundo, pero se que nada superaría a Choroni).

Para los que no lo conocen o no saben dónde queda, Choroni es un pueblo pequeño enclavado en la cara norte de las faldas de la coordillera de l costa, en el Estado Aragua, en Venezuela, data de la colonia y de eso es testimonio su sobrecogedora arquitectura.

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Su ubicación lo coloca a tan solo hora y media de la ciudad de Maracay y máximo tres horas desde la ciudad de Caracas. La única forma de llegar es atravesando el Parque Nacional Henry Pitier en la mencionada coordillera por medio de una de las carreteras más antiguas del país. Si la memoria no me falla es una de los primeros caminos pavimentados construidos en el gobierno del General Juan Vicente Gómez a inicios del siglo pasado.

Por esa carretera, acompañada por una selva decidua espectacular hay miradores maravillosos dónde se puede ver la ciudad jardín a orillas del lago de Valencia y los imponentes valles aragueños. El clima cambia con la altitud y también en ocasiones la visibilidad y como dato adicional, la serpenteante vía tiene tramos dónde solo puede circular un solo vehículo. Pero eso no impide que grandes colectivos circulen a sus anchas por esos caminos húmedos.

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Un poco más adelante de Choroni, se encuentra su puerto (llamado Puerto Colombia) un enclave comercial de cacao en la colonia y que hoy es sustentado por el turismo y la pesca. Desde allí se tiene acceso a las maravillas naturales de la zona.

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Choroni posee el encanto parsimonioso de un sitio congelado en la historia, de misterio antiquísimo y de mucha espiritualidad, tanto de la negretud como de los católicos, fusionado en un encanto ancestral. Puerto Colombia sin embargo, posee un hálito a ritmo afrodescendiente, a calor costero, a fiesta perenne y romances pendencieros.

Siempre he pensado: no hay mejor sitio para enamorarse.

El malecón de Puerto Colombia (O Choroni, ya se mimetizan esos lugares) es el centro del mundo en esa parte de universo. Un sitio para mirar la inmensidad del horizonte, para degustar el salitre de la paz, para entregarse a la deriva al mar de la melancolia, para beber nostalgias, recordar o abandonarse a la suerte en los brazos del viento o del ser amado.

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Un sitio que otrora fue blanco de los ataques piratas, hoy es el símbolo de la alegría del lugar. San Juan con su dedo siempre erguido custodia y protege esa parte del paraíso y los bailes nunca le han de faltar.

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Yo diría que el Malecón, así sencillo y austero es el sitio más visitado de la localidad. No hay nada mejor que un atardecer en ese sitio, ideal para conversar sin parar con el siempre elocuente mar Caribe.

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Es común en esa parte de nuestro maravilloso país, los ríos. Ríos con inmensas piedras pulidas, bulliciosos y desesperados por desembocar. Ríos fríos y refrescantes. Ríos ocultos en el follaje que combinan perfectamente con la paz del lugar.

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Y por supuesto la bahía. Playa Grande se llama, una playa de arenas suaves, palmeras discretas y olas potentes, con una agua tan cálida a toda hora que pareciese que el sol nunca dejara de brillar. Un agua cristalina e inquieta y hermosa fuente de felicidad. Amanecer o atardecer en esa playa es un poema visual. No tiene el castellano palabras suficientes para una descripción adecuada. Ni una fotografía es apropiada.

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Siempre he querido vivir allí. Para enamorarme a diario, para vivir sin el concreto como acompañante, para bailar con la nostalgia y ser feliz entre las cosas sencillas que ofrece este inimaginable rincón.

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Este post se llama "Mi última visita..." Y así la recuerdo y fue hace tres años. Es un sitio donde quisiera descansar eternamente luego de pasar el umbral de lo que llaman muerte y así no alejarme nunca de la tranquilidad. Si existe el cielo, seguramente es como Choroni.

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