El secreto de un ánimas sin pena

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Gloria sabía que la casa permanecía sola gran parte del año. Estaba tan acostumbrada a la soledad que hasta se sentía acompañada. Ella no recurría a los socorridos recursos de hablar con las plantas, o plantearse preguntas retóricas que se convertía en una conversación estéril con ella misma. Simplemente amaba el silencio. La longevidad de los días, la inmortalidad de las horas.

La casa era hermosa e inteligente: fresca de diciembre hasta abril y cálida desde mayo a noviembre. Sucumbia al frío que traían las lluvias de agosto, porque ninguna inteligencia le ganaba a la naturaleza.

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Pocas veces Gloria sintió que una casa tan grande era un agobio. Al contrario, tenia la certidumbre de que la casa cuidaba de ella y danzaba entre sus estancias como una reina en su Palacete.

Estaba anclada en medio de una ciudad dormida. Muchas veces habían querido demolerla o reformarla pero por alguna razón Gloria sentía que lo impedía, ahora sus nuevos dueños, venían solo en septiembre, más o menos 15 días y estaban poco, pues le interesaba más que todo la cercanía al mar, pero lo que a Gloria más le gustaba de ellos, era que de una singular manera, no querían destruir la casa.

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Los nuevos dueños apreciaban la impoluta oportunidad de trasladarse a un pasado ignoto y conservaron todos los espacios casi originales y cuando había que reparar algo, lo hacían respetando su esencia original. De esta manera Gloria nunca se sintió extraviada de la casa que siempre quiso. Andaba por ella con la gracia de la eternidad y con la discreción de la muerte.

Desde ese entonces nunca sintió la necesidad de espantar para proteger su morada y pudo descansar para siempre en la casa que hacía 243 años la había visto nacer.

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