«¿Por qué cuando eres adolescente crees poder comerte el mundo?».
Eso se preguntaba Ariana mientras recorría la usual ruta de los domingos. La gravilla crujía bajo sus zapatillas y el sol brillaba inclemente en el cielo, sin embargo, no trasmitía nada de calor, o al menos así lo sentía la chica. Parecía haberse enfriado por dentro, la hoguera de su interior se había extinto hace tiempo ya, y no había forma de que volviera.
El día anterior había cumplido diecisiete años, pero eso la traía sin cuidado, los días ya eran todos los mismos. Recordaba un tiempo en que solía pensar que cada día debía ser mejor que el anterior, que cada uno debía ser vivido al máximo, sin siquiera medir los límites. Eso no era malo, hasta cierto punto, pero Ariana siempre llevaba todo al extremo. Todo esto con la justificación de que era joven y podía hacer lo que le viniera en gana sin acarrear consecuencias. Qué equivocada estaba.
Llegó a su destino y miró fijamente el nombre sobre la lápida: Patrick Jones. Sólo dieciséis años tenía cuando falleció. Accidente de auto. Él buscaba una vida de extremos, y al final, consiguió los extremos, pero extravió la vida.