Oveja Negra (Cuento)

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Después de probar todos los negocios cognoscibles La oveja negra, decidió crear un nuevo tipo de negocio, fuera de los límites nacionales, este negocio: primero era para darle solución a un problema que no existía, por lo tanto había que educar un sector de la población de Ciudad Peregrino, pequeña comunidad de unas 125 personas, de ellas cinco eran niños y 42 eran mujeres, hacia el sur estaba la zona cenagosa y maloliente y hacia el norte el mar limpio, a unos seis kilómetros, en esta parte un camino de piedras bien pulidas llegaba hasta el mar, a un lado un bosque de árboles milenarios y con poca presencia de arbustos y enredaderas, en el otoño el bosque creaba un colchón casi mágico de hojas rojo-grises, del otro lado del camino el bosque era oscuro y maligno, o eso se creía, se podía ver la acción deliberada del hombre, si se caminaba entre la vegetación a unos tres kilómetros estaba el viejo aserrío, ahora abandonado y maldito, en el pasado el Marqués dueño de Peregrino, hombre prospero y cruel, venido de las islas Salmo en el viejo continente en una pequeña embarcación, trajo consigo unos seis esclavos, un viejo cofre, un perro extremadamente grande y una chica con los ojos verdes y el cabello negro y reluciente, entonces marchó con el cofre y sus guardianes a este punto donde esta el aserrío, desde donde fundó y propuso la Ley Septrión, la cual acogería en su puta ciudad ha todo el que se presentase, con deseos de trabajar para él y en la cual toda conducta impropia de acuerdo a la ley sería castigada en el mejor de los casos con la muerte.

Muerte con dos cuchillos atravesando la cabeza de lado a lado.
Muerte por soga y agua.
Muerte por desgarro de la carne.
Muerte por muerte.
Destierro a las ciénagas.
Trabajos forzados en la tala de árboles.
Muerte por alquitrán.

Cuando la joven desapareció, o que nadie la volvió a ver al menos fuera de la casa, solo su silueta trastocada por la luz confusa de las antorchas y en el marco de la ventana de la segunda planta. Solo en las noches más oscuras y pareciera que ella se mecía constantemente y que en la oscuridad de los naranjos, se podía como de rebote percibir una cancioncilla de cuna. Después vinieron las leyendas y el miedo, la cancioncilla de cuna era sinónimo de muerte, aquel que la escuchara ya era carne muerta caminando, entonces uno de los finlandeses que recién llegara, apareció con las cuencas de los ojos vacías, como si algo le fuese comiendo de adentro hacia fuera, lenta y dolorosamente, y la lengua chamuscada, con un color negro y reluciente, en ocasiones recordaba el pelo pulcro de la muchacha del Marqués. Pero si el que escuchaba moría, quién contaba la historia, los más viejos dicen que el propio Marqués dio riendas a la tradición de su país de alejar a los mirones, él siempre decía: en la dosis exacta era el arma más poderosa es el miedo.