Sé nada más que jamás estuve perdido, que derribé con mis pasos y mis brazos los muros necesarios y que andando y a veces cantando llegué hasta aquí, hasta este lugar, en donde jamás imaginé estar.
Jamás estuve perdido porque siempre supe que mi misión, costase lo que costase, era no dejarme atrapar.
Total que no era ni soy culpable de nada y que ningún delito he cometido.
Querer ser feliz y querer compartir esa felicidad: sonriendo, cantando y bailando, con los que también de ese modo quieran lograr la felicidad, no puede ser en ninguna parte del mundo un crimen.
No lo puede ser; pero allí en donde estaba, cuando obligadamente empecé a caminar, sin embargo, lo era.
Las balas, los perros y los guardias que lanzaron contra mi persona con intenciones de asustarme, matarme o atraparme no pueden interpretarse de otro modo.
Yo nunca imaginé llegar hasta aquí porque ni siquiera sabía que lugares como estos, en donde no sólo la nieve es blanca sino que también la hermosa piel de la mayor parte de las mujeres, existían.
No, yo no quiero decir que este lugar, a donde obligadamente llegué, es un paraíso; de ningún modo, porque aquí también hay infinidad de injusticias; sin embargo no injusticias tan ridículas como las de perseguir a un hombre por querer disimular, el hambre y la miseria: sonriendo, bailando y cantando; algo que en esas condiciones es una verdadera felicidad, y como tal, digna de compartirse; aún a pesar de los riesgos.