Después de una semana pesada y un día que si bien no fue agotador, a última hora sumó algo inesperado e inevitable para él. Debía acudir a una despedida que suponía sería estúpida y aburrida.
Tony no se había equivocado, un verdadero fiasco, un tiempo perdido que no dejaría el más mínimo recuerdo y eso colaboró lo suficiente para que termine hastiado.
Bueno…como ya sabemos, hay situaciones que son ineludibles y esa reunión había sido una de ellas.
Mientras salía del garage pensaba, “qué bueno, mañana es mi día libre, al fin podré descansar”, pero recordó que durante algún tiempo no contaría con la señora que todos los viernes lo ayuda en las tareas y se dijo: “Tony, olvídate del ocio, tienes la casa patas arriba, te espera la tintorería, el lavadero, el super. La nevera está vacía, además debes acondicionar el refrigerador, el pobre está totalmente saturado, y también tienes que ver de volver a cocinar ¿o seguirás eternamente con los pedidos telefónicos y esa maldita acidez estomacal?”
“Hablando de eso, debes proveerte de antiácidos, si mal no recuerdo te queda una sola gragea. Tú sabes que sin ellas andas por la vida como un volcán y no puedes tan siquiera saludar sin sentir ese ardor desesperante. “
“Tony, date prisa, ve a descansar de una buena vez, tienes poco tiempo, deberás dormir apurado. Qué día Tony, qué día te espera ¿Qué mal habrás hecho para tener tanto castigo?”
Tony estaba enojado con él mismo, por eso al llegar a su casa cerró el diálogo, no se dirigió más la palabra. Ya resignado se lavó los dientes, puso el despertador a las 8y30 y por temor a no despertar se entregó a dormir en un sillón.
No supo más nada de él, no supo si roncó, si durmió plácidamente, tampoco supo si soñó, pero eso sí, imaginó que pudo estar muerto y se alegró que de haber sido así, por suerte había resucitado.
Cuando salió del baño buscó la hora, eran las 7y10, fue entonces que decidió desactivar la alarma del reloj y desechar esos minutos de descanso que aún le quedaban. Después de eso corrió la mirada y la vio, ahí estaba, de brazos abiertos, desnuda, exquisita.
Con la libido puesta en los ojos la recorrió varias veces, nunca antes le había parecido tan atractiva y sensual como esa mañana y comenzó a desearla con la loca ansiedad de siempre. Quizás esa pose de entrega que puso a su alcance fue lo que más lo incitó a arrojarse en sus brazos, pero hizo un esfuerzo y dejó de mirarla tratando de soltar esas ideas que lo alejarían de todo aquello que tenía planeado y debía cumplir.
Él la conocía bien, sabía que caería sin remedio en las redes de ese cuerpo pálido, tibio y suave que no dejaba de transportarlo al paraíso del placer, renovándole las fuerzas, la inmensa esperanza de soñar con el milagro de una vida mejor.
A pesar del esfuerzo no pudo soportar la tentación y motivado por ese abrasador deseo volvió a mirarla, a pasear sus pupilas por el continente de su cuerpo encantador sabiendo que a escasos centímetros del suyo, ella lo esperaba ansiosa, desesperada por recibir todo su calor.
En tanto, escuchaba una voz muy suave diciéndole, “Tony hace horas que te espero, abrázame tengo frío, por favor Tony, te necesito mi amor.”
Esa voz suplicante se multiplicó en sus oídos y ya nada le importó tanto como sumarse a ella para disfrutarla en todo su esplendor.
Durante largas horas la penumbra fue el único testigo de esa pasión de tantos años que continuaba siendo incomparable, profunda e intensa como aquel día, el de la primera vez.
Cuando Tony despertó eran las 5 de la tarde y ella, cómplice de esa deliciosa pasión seguía ahí, se mostraba desalineada, callada, como deshecha, pero aun así permanecía con los brazos abiertos, insaciable y dispuesta a ofrecerle mucho más de su amor.
Él, ya podía prescindir de sus encantos. Ella, leal y paciente, lo volvería a esperar.
La tarde comenzaba a despedirse, pero a Tony que le importaba eso si había alcanzado esa plenitud tan especial que da la felicidad.
Tras eso se incorporó, estiró los brazos, descorrió las cortinas y se dispuso a calentar café, pero antes, como de costumbre fiel a ese arcano secreto de amor, silenciosamente se inclinó sobre ella y con ternura y gratitud le besó la almohada, una, otra y otra vez.