A mis escasos cuatro, cinco años entraba con sigilo a ese lugar sagrado llamado biblioteca familiar.
Había muchos libros. De algunos de ellos emanaba un olor a ceniza, un olor a humedad, producto del incendio de mi casa paterna.
Cuando aprendí a leer ladeaba mi cabeza para ver los títulos y ante la presencia y voz de mi padre que me decía: “No puede leer” de manera insistente y severa preguntaba: ¿Por qué? “No son libros para usted”
Y cuánta razón tenía, qué iba yo a entender a esa edad, temas como Medicina, Sociología, Psicología, Filosofía e Historia del mundo.
Sin embargo, mi tenacidad no la podía contener. Un día coloqué mis manitas sobre un libro titulado: “Aura o las violetas”, pero de nuevo la voz de mi padre: “Ese libro está prohibido”.
Relacioné las violetas que mi madre cultivaba y que yo con mucho cuidado hoja que se caía, la resembraba para fortalecer más su colección.
No entendía cómo ese libro que hablaba de violetas era prohibido.
Ese fue el acicate, la espina que enarboló mis deseos de leer y me hizo suponer que en los libros había información importante que yo tenía que descubrir.
En mi adolescencia empecé a leer novelas ilustradas y la voz de mi padre se pronunció: “Está leyendo cosas superfluas, ya le llegará su momento para leer, tenga paciencia”.
Más tarde y con paciencia, con mi primer salario y cuando mi padre no estaba conmigo para que me orientara sobre la lectura, llamé a un librero porque quería formar mi biblioteca.
Me inmiscuí en Ciencia ficción, pero me llamó más la atención la Historia. Así caminé horrorizado por las calles de la Alemania nazi, conocí las atrocidades de la guerra y cuando mi sensibilidad no pudo más, decidí cambiar la temática.
Leí libros sobre religiones y otras filosofías de vida y sobreviví a las crisis de fe.
Y como la vida le regala a uno aquello que tanto le gusta, me brindó entonces el mejor regalo: trabajar en una imprenta.
Aprendí cómo la magia se apodera de letras escritas en originales hasta ver la luz pública, cómo el engranaje perfecto logra entregar un resultado llamado “LIBRO”. ¿Cuántos libros en tantos años? No puedo saberlo.
Y así, ante las prohibiciones, el olor a la ceniza y el regalo de la vida, aprendí a amar el oficio de la lectura y la escritura.