Mi abuelo era un viejo médico que ya conocía a este monstruo de los virus.
Cuando apareció el Covid-19 y cayeron las primeras víctimas, mi abuelo lloró. Habló conmigo. Buscó en su biblioteca tres libros de la tragedia humana relaciona con virus y pestes. Me puso en conocimiento de la “peste negra” (año 1347) mató 200 millones de personas; la “gripe española” (año 1918) mató 50 millones.
Mi abuelo luchaba contra el Covid. Su escudo era un pedazo de trapo que le servía de mascarilla. Recorrió al pueblo y los alertó para que usaran una tela que cubriera la nariz y la boca. Repetía: «Sálvese quien pueda. Llegó la fiebre, la diarrea, la neumonía y la muerte».
Las calles del pueblo siempre estaban abandonadas; ahora, el pueblo con la pandemia está como desaparecido. Primero, surgió el silencio de las multitudes: la plaza, la escuela, el mercado, la mudez de las conversas, la clausura del templo; y por último, el pueblo quedó desolado en cumplimiento de la cuarentena.
Muchos quedaron muy cerca mirando los ojos de la muerte. Los pobres eran los más desamparados. Los ricos estaban blindados en sus mansiones con las dispensas llenas y sus piscinas dispuestas con agua limpia y cristalina.
Los únicos que salían como desandando a cumplir su deber eran mi abuelo José Antonio (el médico del pueblo) y su amigo el sepulturero Toribio (con su pico y pala de enterrador).
Mi abuelo tenía en su consultorio más libros que pacientes. Era un gran lector. Me prestó, para entender la peste, tres libros que tomó de su biblioteca: “Decamerón” de Boccaccio, “La Peste” de Albert Camus y “Cien Años de Soledad” de Gabriel García Márquez.
Mi abuelo vivía distante en la montaña. Era un médico veterano en la lucha contra los virus. La penúltima vez que nos vimos fue en la plaza del pueblo. Eso fue después de la última misa que ofrendara el padre Malaquías antes de caer muerto con los ojos rojos y un temblor del cuerpo. Algunos feligreses chismosos dijeron que tenía una fiebre como si el diablo quemara su cuerpo en una caldera del infierno.
Hablamos del Covid, de la medicina y de las vacunas necesarias para combatir al virus. Pero era pesimista. Aseguraba que «….el mundo, la tierra, terminará habitada por hongos, virus y bacterias. Súper bacterias resistentes a las vacunas. Ya hay enfermedades que no tienen cura. Estamos condenados a la extinción. Es la gran tragedia humana».
Entonces, le pregunté:
— ¿Es tan sombrío el futuro de la humanidad?
Y me dejó en suspenso; no respondió.
Al otro día, por la mañana, fui hasta su casa. Tenía en la puerta un crucifijo de madera con un dibujo del sol apagado y la tierra calcinada. Y conversamos en el jardín. Le pregunté por esos dibujos: el sol, la tierra.
—Ayer los dibujé— me respondió. Eso es lo que pasará. Es la respuesta para tu pregunta; la recuerdas: ¿Es tan sombrío el futuro de la humanidad?
“Pues bien, debes saber que viviremos a pesar de los virus, pero, no hay escapatoria, al final nos matará el sol. Todos tenemos un instante para morir. Incluso, también morirá el sol; algún día explotará. Esparcirá su núcleo de hidrógeno y helio y arrasará la tierra. El sol es una estrella que también se muere. La vida humana será la gran víctima. < Aunque, al sol todavía le quedan muchos años de vida, aproximadamente, 5 mil millones de años. Y ese mismo tiempo de vida le queda a la humanidad. Por eso, el Covid-19, por ahora, no matará al Hombre; pero trae dolor y mucha muerte”.
Mi abuelo detuvo sus palabras. Tenía fiebre, tos y los ojos rojos. Se levantó. Se fue hablando como alguien agonizante que se despide de sí mismo y de todos. Se metió dentro de su casa. Desapareció de mi vista.
Hoy vuelvo a visitar las calles luego de la cuarentena. Hay desolación. No veo por ningún lado al sepulturero: su casa está cerrada. Y mi abuelo no está en la casa de la montaña. Ninguno de los dos anda por las calles del pueblo.
Voy hasta el cementerio. Hay pestilencia y podredumbre. Y en el suelo alcanzo a mirar un cuerpo expuesto en la intemperie que se comen los gusanos y los buitres. De inmediato lo reconozco es el sepulturero que estaba junto a un pico y una pala. Y a su lado había una tumba con una cruz que no tenía ningún nombre.