Cada vez que llegaba a esa casa para hacer alguna reparación se preguntaba por qué razón aquel hombre solitario y ciego que la habitaba, tenía decorada sus habitaciones con cuadros y esculturas.
La casa estaba siempre a oscuras y se encendían las luces solo cuando alguien llamaba a la puerta.
Cómo podría disfrutar del arte en cuadros y esculturas si no podía verlos, quizá al tacto en las esculturas, pero… ¿en los cuadros?
No veía ninguno que tuviera relieves como para imaginar que pudiera palparlos con sus dedos, eran en su mayoría de paisajes multicolores y aunque no conocía sobre artistas no creía que fueran de algún pintor famoso.
Tal vez estaban en la casa cuando la compró o fueron adquiridos por algún ser querido que ya no está.
Su curiosidad fue en aumento y a pesar de la hosquedad del hombre ciego, no pudo aguantar su inquietud y por fin un día… se animó a preguntarle.
Su voz se notaba algo temblorosa y le costaba encontrar las palabras adecuadas para no parecer impertinente.
Por varios días estuvo tratando de hacerle algún comentario pero en el instante que parecía estar dispuesto, algo lo detenía.
Apenas comenzó con un perdóneme Señor. El hombre ciego lo interrumpió diciendo.
-Los objetos de arte son parte de los seres humanos que los crearon y… están tan vivos como usted y yo. Pueden transmitir sensaciones, emociones, odios, amor y belleza. La gente con facultades para ver, sólo usan ese sentido como una forma directa y cómoda de ver el arte, diría yo, sin embargo, aunque usted cierre sus ojos, el arte sigue estando allí transmitiendo sensaciones. Solo concéntrese… y podrá ver esos cuadros y esculturas con los ojos del alma.
Quedó impactado por la respuesta y también porque el hombre había adivinado su pregunta.
En cualquier momento cerraría los ojos para ver si podía sentir alguna sensación extraña de alguno de ellos.