El enorme y antiguo reloj de la estación de trenes, marcaba las nueve y media de la noche.
El frío en el inmenso recinto no distaba mucho de la ira del invierno que asolaba las calles. Los vientos patagónicos y la fina llovizna se hundían en la piel de la gente, como si buscaran su corazón y helarlo.
Tomás había llegado hasta allí, luego de un eterno viaje en colectivo desde su casa en los suburbios.
Tomaría el tren de las diez con destino a su pueblo natal, ese que abandonó sesenta años atrás.
Con la historia sobre sus vencidas espaldas y su andar lento, tardó más de la cuenta en llegar al andén número cuatro.
Iba muy ligero de equipaje, no tenía maletas, solo una pequeña caja que guardaba celosamente entre sus ropas.
Se sentó en un banco de cemento y aguardó.
Se quedó mirando el tren inmóvil bajo una pertinaz llovizna, mientras luces somnolientas de arcaicos faroles, iluminaban las pequeñas gotas que caían del cielo.
El aire tenía olor a trenes, a metales húmedos, crujientes.
Aun perdido en un mar de pensamientos, escuchó un zumbido leve en su oído.
Era el tren que se aprestaba a partir.
De inmediato, por los altoparlantes anunciaron la partida en el horario establecido.
Comenzaron a escucharse pasos, maletas que se arrastraban, risas y llantos, gritos.
Tomás caminaba en silencio hacia el estribo del vagón como si estuviera solo.
Buscó el número de su asiento, tarea difícil dada la poca iluminación y su vista perdida.
Al encontrarlo, se hundió en su butaca del lado de la ventanilla.
El estridente silbato de la locomotora, abrió el camino en la destemplada noche.
Unos minutos después comenzó a moverse muy despacio.
Un escalofrío intenso corrió por el cuerpo del anciano. Una revolución interna se apoderó de él.
A pesar del frío, Tomás sacó la cabeza por la ventana y con su mano extendida se despidió de los sesenta años de vida en aquella ciudad.
Cuando a lo lejos le pareció ver las siluetas de sus hijos y de su esposa, sus ojos se inundaron de lágrimas.
Cerró la ventanilla y se quedó mirando sin ver hacia afuera.
En un momento, con su dedo índice escribió en el vidrio empañado, un nombre.
Analia. Y lo rodeó con un corazón.
─ ¡Como te extraño amor mío! Solo quiero que me esperes. Por favor, solo unas horas más. ─ dijo susurrando.
El sonido del tren era cada vez más intenso y cada vez estaba más lejos aquella vida, la alegría de los viejos tiempos, los besos, el baile bajo la lluvia, de las noches apasionadas, los encuentros con amigos y familia.
La locomotora avanzaba, el tiempo corría, las sombras caminaban con prisa.
El campo, la soledad, las extrañas figuras, alguna fogata encendida, las luces de un auto en la carretera que bordeaba las vías, sumergieron a Tomás en una profunda añoranza.
Se sintió solo, rodeado por cielo y el campo, entre la tierra y las estrellas.
A las pocas horas, la locomotora detuvo su marcha en una vieja estación casi abandonada. La mortecina luz no dejaba leer el cartel con el nombre del lugar.
Tomás se asomó al estribo y se quedó inmóvil mirando una placita iluminada cruzando la calle. Era pequeña, con pocos bancos y pocos juegos, pero con muchos niños jugando allí.
─Son los fantasmas de los niños que crecieron pero que nunca olvidaron aquellos días felices─, pensó en voz alta.
Sintió olor a tierra mojada, a árboles humedecidos, a hierbas que brillan con las gotas de agua.
Pudo ver que, en alguna casita perdida, la luz seguía encendida. Eran solo velas ardiendo.
El estridente silbato del guarda de la estación avisó que el viaje continuaba.
Tan solo una pareja joven, de unos veinte años, subió en esa estación sin nombre.
Otra vez la locomotora tomó velocidad con el viento que corría a su lado.
Tomas tenía sueño, pero se negaba a dormir.
─Tengo toda la eternidad para hacerlo. Ahora quiero estar despierto, quiero ver todo ─, pensó otra vez en voz alta.
A medida que el tren avanzaba el placer de alejarse y acercarse, crecía. Eran la tristeza y la alegría que convivían en su alma.
De pronto el tren se hundió en el interminable túnel, oscuro como la muerte.
Al salir de él, cruzó un puente sobre aguas que bajaban de las inmaculadas montañas.
Recién allí recordó y supo que estaba cerca por lo que se puso de pie y caminó hasta el último vagón.
Allí, su olfato reconoció un perfume, el de Analía, mezclado con la fragancia de la lluvia.
El tren comenzó a detener lentamente su marcha.
De pronto, la noche era cálida y seducía con los olores del somnoliento campo.
Bichos de luz, pequeños faros en la oscuridad, iluminaban el resto del camino.
El viento era fresco, limpio, cristalino.
Era una noche donde atávicos pensamientos surcaban el aire, como cuando las estrellas errantes atraviesan los océanos de tiempo.
Al detenerse el tren en la vieja estación de su pueblo, sonríe.