Entró como un ser misterioso, me pareció ser un esquimal.
Después que corriera la capucha y noté a las claras que no provenía del Ártico y que su domicilio seguramente no sería un iglú.
Comprobé que se trataba de una mujer muy joven, de cabello castaño, altura media, ojos muy vivaces y voz resuelta y agradable.
Pidió café con leche y un tostado.
De un bolso comenzó a sacar carpetas, papeles, algunos cuadernos, que sé yo…montones de cosas con las que esclavizó esa mesa que había elegido con decisión.
Cuando llegó el pedido no había dónde ubicarlo, la mesera se afanó buscando un espacio hasta que pudo acomodarlo en un rinconcito que por milagro permanecía en libertad.
-Ahora sí. -Dijo la mesera- ¡Objetivo logrado!
Cuando la muchachita se retiró, como por arte de magia la mesa había desaparecido bajo una pila de saldos varios entre distintos y coloridos rezagos de imprenta.
Ella comía, bebía y ordenaba o desordenaba papeles, eso me resultó algo imposible de saber.
La joven giró el cuello, se fijó en el televisor recién encendido que trasmitía noticias del día, corrió el abrigo y el bolso para ubicarse frente a la pantalla y ahí quedó, inmóvil cual si fuera una estatua.
Una mano se había detenido en su recorrido impidiendo que un trozo del tostado alcanzara a alojarse en la boca, la otra también detuvo su andar y se encargó que la lapicera no pudiera aterrizar sobre el papel. La boca entre abierta, mientras que los ojos como una doble mira telescópica escudriñaban el blanco en el aparato de TV.
Así permaneció como si fuera un dibujo inanimado hasta que sus brazos recibieron el permiso para volverse a mover.
Sin duda que su llegada fue un repentino terremoto que logró sacar del letargo a parroquianos que aprovechaban el silencio y el calor que a través de las vidrieras metía el sol.
El terremoto parecía haberse calmado, fue entonces que decidí seguir leyendo, pero antes pedí café.
La calma no duró mucho tiempo, con la taza en la mano y sin sacar la mirada del televisor, la joven dijo casi a los gritos
-¿Qué dice este hombre? No tiene vergüenza. ¡Es un cínico! Está comprobado que él la mató.
Todos, miramos el televisor.
Pero fue en vano. El ángulo de primicias ya había girado al fútbol y entonces pensé que la actuación de la muchacha se debía a alguna cámara oculta filmando parte de una publicidad de chocolates, sartenes mágicos, bocaditos de cereal, puertas blindadas. Vaya uno a saber.
Después de todo a mí qué podía importarme y seguí con la lectura.
Solo diez o doce páginas, no más de eso, luego levanté la cabeza y quedé asombrado. Con admiración noté que la joven había despejado la mesa y con lentes de marco negro, muy abocada y moviendo apenas los labios leía de las hojas de una carpeta con tapa color marfil. Nos miramos con suavidad de ojos verdes y volvimos a leer.
Se la notaba muy tranquila, cosa que me obligó a pensar en ponerle algún apoco, pero confieso que no sabía cómo llamarla y también que ella me había descolocado.
Mientras tanto, algunos parroquianos volvían a cabecear por el regreso del silencio y el intenso color dorado de los rayos de las tres de la tarde.
La mujer ordenó café, yo también. La miré, se sonrió, me miró, yo también sonreí y seguimos leyendo y sonriendo y mirándonos con ojos color café.
De pronto se acercó
–Disculpe señor, mi intención no es molestarlo ¿puedo hacerle una pregunta?
-Sí, por supuesto.
-Me llama la atención su sonrisa, aun cuando lee lo hace ¿quizás lea textos de comicidad? Antes que me responda debo ser franca señor, vengo de un largo tiempo sin poder sonreír y hoy viéndolo a usted, volví a hacerlo.
-No, no, para nada, no son comics lo que leo, es que estoy persuadido que la sonrisa impide que las perturbaciones se instalen en el alma y además creo que la vida nos regala lindos momentos, no es demasiado esfuerzo agradecérselos con sonrisas. Solo hay que estar convencido- le respondí.
-Es verdad, infinitas cosas merecen una sonrisa, sin embargo hay injusticias que nos predisponen negativamente señor.
-De eso no hay duda, es muy cruel pero…es así. Disculpa que distraiga un tanto la conversación, dime ¿qué edad tienes?
-Cumplo 25 en noviembre.
-
¡Oh, sí claro! Es muy difícil esa edad, comprendo tu insatisfacción.
-Dígame señor ¿usted cree que aun teniendo una vida por delante es correcto que me sienta insatisfecha?
-No necesariamente podemos afirmar que tengas la vida por delante, tampoco que las injusticias vayan a acosarte sin descanso. La vida, con seguridad la tienes hoy y eso ya es motivo para más de una sonrisa.
-Entiendo señor, pero hay muchos motivos que me la quitan.
-Ya hablaremos de eso, pero me duele verte parada, este lugar es más cómodo, acerca tus cosas y comparte un café conmigo, a propósito ¿cuál es tu nombre?
-Virginia… Virginia Montes, y dígame ¿con quién voy a tener el gusto de tomar un café?
-
Oh es verdad, te pido por favor que me disculpes. Soy Juan Perry y triplico tu edad, o casi. Voy camino a los 75 años. Virginia dime ¿a qué te dedicas, en qué ocupas tu tiempo?
-Trabajo en la redacción de una revista, también estudio periodismo y unido a eso curso como nieta, hija, hermana, tía, sobrina, como amiga, compañera. Alguna vez también lo hice como novia. Además vivimos en una casa relativamente chica y ¡¡somos tantos!! Imagínese, veo a mi madre multiplicarse y aunque colabore con ella, es una lucha que pareciera no terminar nunca, no para un minuto y aun así la pobre se esfuerza por sonreír. < Pierda cuidado señor que tengo bastantes cosas en que ocuparme.
-Es evidente que no te sientes cómoda y sobrecargada de actividades. A eso se suma la preocupación por el agotamiento de tu madre. Permíteme un consejo Virginia, solo uno. Atesora esa sonrisa, no la dejes escapar, es un valioso regalo que ella te da.
Ahora creo comprender algunas cosas.
-Por ejemplo ¿cuáles señor?
-Una es la facilidad que muestras para ocupar lugares tan pequeños desplegando tantas cosas, elegir lo necesario y de inmediato despejar el lugar, como lo haría cualquier tripulante de una nave submarina que no cuenta con espacio que le permita ningún desorden. Otra, son las condiciones que he notado para tu carrera. Eres decidida, intrépida y locuaz, atributos básicos que necesita un buen periodista, y dime ¿a cuál rama del periodismo piensas dedicarte?
-Me atrae sobre manera la investigación señor.
-Lo imaginaba, quizás sea por lo práctico de la vestimenta, el modelo de tus lentes o por la ambición de conocer hasta cosas tan sencillas como el motivo de la sonrisa de un tipo que lee sentado en un café.
-Dígame señor ¿usted fue marino?
-No, no, solo algunas veces navegué como invitado, recuerdo que eso fue hace muchos años, en un antiguo velero doble proa, aquellos de madera y condiciones marineras tan seguras. ¿A qué viene tu pregunta?
-Solo por haber citado aquél ejemplo del submarino y quizás también por la pipa que nos espía desde uno de los bolsillos de su chaqueta, nada más que por eso señor.
-Jajaja!! Fíjate, también eres perspicaz, esa virtud no tiene precio... y sabes que tienes razón Virginia. Un marino sin pipa es algo así como un psiquiatra sin agenda o un paseador de perros sin adustez y antipatía. Hoy, aquí me ves, jubilado, leyendo, escribiendo algunas ocurrencias y guiado por esa sonrisa abandonándome al placentero accidente de sonreír, sobre todo cuando encuentro alguien distinto, una promesa, una joven como tú. ¡Sonríe Virginia, sonríe! y tomemos más café. Te recuerdo que debemos hablar de esos motivos que te roban la alegría.
-Lo siento señor, pero eso será otro día. No lo tome a mal por favor, debo irme, tengo un montón de cosas por hacer.
-Ocúpate Virginia ¡ocúpate!... y ya sabes, casi todas las tardes doy una vueltita por el café.
Con sonrisas color de cielo nos regalamos un hasta luego.