Vivía solo en una pensión en el barrio, nunca compartió su vida con nadie desde que murieron sus padres por una inhalación de monóxido de carbono, aquel invierno veinte años atrás.
Era callado y solitario, tenía una vida gris y sin sobresaltos, trabajaba en una oficina de una vieja fábrica de manteles. Cuando terminaba su trabajo la rutina lo llevaba hasta la pensión, tomaba una ducha, se ponía ropa limpia y se dirigía a la cantina de Manolo, lugar donde cenaba en una mesa junto a la ventana que daba a la calle.
El lugar, tenía pisos de madera que crujían al caminar, desnivelado y gastado por los años, era imposible que las mesas y sillas también de madera quedaran estables, sin embargo los comensales ya no se molestaban en tratar de nivelarlas.
Las columnas en el medio del salón eran de hierro redondo, con unos salientes en forma de anillos por la mitad de ellas. El mostrador desgastado y una máquina registradora de hierro fundido, era todo el mobiliario.
En las paredes cuadros de futbolistas y boxeadores de antaño.
Había pedido como de costumbre, una sopa de verduras que le recordaba a la que su madre le preparaba cuando regresaba de la escuela aquellos mediodías de invierno.
Esa noche, la temperatura era baja y disfrutaba de su sopa cuando... sintió la presencia de alguien en la calle, detrás del vidrio. Giró la cabeza lentamente y vio la cara de un niño que apoyaba apenas su nariz contra el cristal de la ventana a escasos cincuenta centímetros de él. Lo quedó mirando, estaba sucio y mal vestido. El pequeño no sacaba sus ojos tristes del plato de sopa.
Pensó en llamarlo y ofrecerle dinero, pero le pareció humillante, sería mejor convidarlo con un plato de sopa, aunque no sabía, cuál iba a hacer la reacción del dueño del lugar.
El muchacho era un harapo viviente, era probable que no le permitieran sentarse a la mesa.
Ese niño le partía el alma, estaba hambriento y con frio, daba la impresión de haber sido abandonado por su familia, si es que alguna vez la tuvo.
Miró al dueño de la cantina y lo llamó alzando su mano para que se acercara.
Le habló del muchacho, le comentó sus intenciones y luego de una pequeña conversación miró hacia la ventana y con un gesto le indicó que entrase.
Tímidamente se acercó. El hombre lo invitó a sentarse y le arrimó su plato de sopa sin decir una palabra. No quería saber de él, no creyó tener derecho a preguntar por pagarle un plato de sopa.
Respetó su silencio.
El muchacho comió sin sacar los ojos del plato. Cuando terminó, se levantó y sin emitir el menor sonido se internó en la espesa negrura de la calle.