Me senté en el diván. Necesitaba contarle al psicoanalista mi cuento. Le dije:
Esto no fue un sueño; le confieso que al principio, esto no fue un sueño. Todo comenzó una noche de la vida real cuando dos grandes perros del vecindario (de las fincas y parcelas) devoraron a dos niñas del vecindario. Solo recuerdo que vi destrozados los cuerpitos de apenas meses de nacidos (eran dos gemelas). Eso lo vi cuando yo tenía 10 años de edad. Y aquí fue donde comenzaron los sueños forzados y modelados por la misma realidad de la vida.
El caso es que soñaba bonito con mi novia de la infancia. Mi novia de la felicidad: mi novia de la inocencia escolar. Pero, lamentablemente, este sueño ingenuo y muy feliz terminaba asociado con otro sueño invasivo. Aparecía un recuerdo como un disfraz que se quitaba la careta y mostraba ese recuerdo feo: las gemelas y los perros.
El primer sueño me alegraba; aparecía María José, mi alegre novia de la escuela y de la infancia.
El segundo sueño, el intruso, era todo lo contrario, desagradable y espantoso: llegaba con dos grandes perros Rottweiler de tamaños fantasmales. A veces, los perros me perseguían; me despertaban atemorizado. Yo los veía salir furiosos en las oscuridades de mis sueños. Se parecen a los mismos perros que cuidaban la finca de mis vecinos (la casa de las dos niñas gemelas).
Eso es lo que trato de averiguar: si de verdad esos fueron los mismos perros que una noche aprovechando un descuido de sus dueños, se metieron en el interior de la casa de los vecinos y entraron al dormitorio mordiendo a las pequeñas.
Por si fuera poca cosa, cuando no llegaba el terrible sueño con los perros comiéndose las niñas —cuando no llegaba—, aparecía otro sueño más extraño. Llegaba un tercer sueño.
El tercer sueño suplía al segundo sueño cuando este (el segundo) no aparecía. Entonces, el tercer sueño tomaba las riendas nocturnas de la imaginación desenfrenada. Prorrumpía libidinoso con un acto íntimo furtivo con mi otra novia de la universidad, la cual, obviamente (no es María José). Era mi otra novia, mi novia juvenil, cuando éramos unos desgarbados estudiantes universitarios.
En este último sueño, también aparece en la oscuridad de la noche, mi madre, una anciana muy religiosa. Aparece entre las sombras y me sorprende en la nocturnidad del patio de mi casa cuando yo escondía mi rostro en la intimidad juvenil de mi novia universitaria. No sé por qué, sentía vergüenza de eso; sentía que mi madre me acusaba con su mirada inquisitiva, religiosa y maternal: su mirada siempre me avergonzaba. Parecía espiarme siempre.
Aunque me agradaba el primer sueño con mi novia de la escuelita (María José). Me encantaba. Pero, a veces, no quería soñar con Ella, porque ahí mismo aparecía el segundo sueño con los perros y las gemelas (muertas). Por eso, a veces, prefería el tercer sueño con mi novia de la universidad.
No es muy fácil sacar del recuerdo los sueños de la infancia: perros, gruñidos furiosos, sangre inocente (gemelas), gritos y llantos de una familia entera. Y los disparos mortales contra los perros (sangre culpable).
Yo hacía un esfuerzo solitario para sacar de los sueños ese recuerdo que siempre me despertaba sobresaltado. Hacía todo lo posible para sacarlo de mi mente. Pero, necesitaba revisar mi baúl de recuerdos. Revisar, en lo profundo de mi Ser, la verdad de mis sueños.
En el fondo de mi corazón, quería conservar los sueños, el primero (con mi novia de la escuela) o el tercero (con mi novia de la universidad); no me importaba que también se quedara este sueño espiado por mi madre. Lo que no soportaba era el sueño de las gemelas.
Ya todo se lo conté al psicoanalista. El consultorio tenía un olor a madera que salía de la estantería de libros. Había un penetrante olor a cigarrillo impregnado en el ambiente. Sonaba una música clásica de fondo, si no recuerdo mal, era la Sinfonía Nº 4 de Tchaikovsky. Sobre el escritorio estaban tres libros: una obra de Víctor Hugo “Los Miserables”, “Cuentos Extraordinarios” de Edgar Allan Poe; y, un tomo de la Obra Completa de Sigmund Freud (Volumen iv. "el sueño es un cumplimiento del deseo"). El psicoanalista trabajaba para interpretar mis sueños. Tenía la misión de encontrar un final para este cuento.