En el pueblo de “Juan Dolores” todos estaban condenados a huir del pueblo. El fundador (Juan Dolores) le habló a sus hijos: «Deben tomar, por el bien de ustedes, el camino a la ciudad».
Nosotros, sus tres hijos, decidimos marcharnos por el camino del desierto. Yo era el menor de todos.
Un día nos levantamos y, antes que saliera el sol, atravesamos el cementerio y cruzamos la única salida que tenía el pueblo. Luego, nos metimos por el sendero del desierto. Caminamos despacio para no remover el calor. El sol chocaba contra la arena y se proyectaba en nuestros rostros; nos encandilaba hasta dejarnos lastimados como ciegos.
—Ves algo— preguntó mi hermano.
—No. No veo nada— respondió el otro.
—Yo tampoco veo nada— Les dije.
Y por el contrario, yo intentaba sacar el polvillo: la arenilla metida en mis ojos.
Las horas largas del camino hicieron brotar el sudor y el cansancio. Ruperto, mi hermano mayor, nos advirtió: «El camino está rebelde. Brutal. Me arden los pies, tengo una sed espantosa; ya se terminó el agua». Mi hermano Luis, insinuó: «Debemos armar una carpa y descansar. Regresar».
Y a medio camino, Ruperto comenzó a hablar solo; ya no tenía fuerzas para una conversación razonable. Al fin, dijo: «Deberíamos regresar. Hemos caminado mucho y no vemos el final. Además, el camino está repleto de esqueletos; cadáveres tostados por el sol. Creo que debemos regresar, estamos a tiempo». Pero, igual, volvíamos a intentarlo y seguíamos por el mismo camino. Al final, ya rendidos, decidimos descansar. Nos acomodamos en una carpa, en el ardiente suelo y sobre unas gruesas mantas. El suelo achicharraba los pies y no daba tregua al sosiego. Era imposible encontrar algo de tranquilidad.
Una extraña persona, cubierta de una túnica negra, surgió entre la brisa y la arenilla que cubría el horizonte. Poco a poco lo vimos acercar. El desconocido mantuvo su distancia. Le preguntamos: «si conocía una ciudad llamada El Progreso». Y, no quiso responder; insistimos y preguntamos (era como un simple monólogo; hablábamos sin interlocutor): « ¿Falta mucho para llegar? ¿Buscamos agua para seguir con vida?»
Al final, nos callamos; no tenía sentido hablar sin interlocutor; sin respuestas. Descansamos un poco; luego, reanudamos la marcha.
El camino era peligroso. Teníamos la certeza que —al caminar—, el camino cambiaba al instante de ser caminado. Anduvimos varios días y volvimos a descansar.
Ahí mismo (en la carpa) una serpiente mordió a Ruperto. Agonizaba.
Vimos a otro hombre de túnica negra que apareció entre la brisa y la arenilla. En verdad, el desconocido no se acercó ni conversó. Le hablamos para procurar su ayuda. Aunque sospechamos que también era un monólogo. Le hablamos: «Esta agonía es de muerte: le picó una culebra cascabel». Sin embargo, muy pronto, detuvimos la conversa porque (el hombre de la túnica negra) era como un monólogo.
Y así de rápido murió Ruperto. Su muerte fue casi instantánea. No pudimos hacer nada. Fue ahí mismo cuando comenzamos a sospechar que era el final de nuestro camino; mejor era intentar regresar.
Y así fue. También decidimos llevarnos el cadáver de Ruperto. Iniciamos el retorno. Hicimos una carrucha de palos y trapos con la ropa del mismo muerto.
En el pueblo de Juan Dolores ya conocían la noticia: la muerte de Ruperto. El primer hombre de la túnica negra entró al pueblo. Nadie conocía a este hombre, pero, lo vieron atravesar el cementerio.
Nosotros continuamos arrastrando el cuerpo de Ruperto por el desierto; era el mismo camino hacia el cementerio.
Los días hicieron que su carne se descompusiera y los buitres hambrientos aparecieran y se amontonaran en su cuerpo. Y Luis, todo tembloroso y sin muchas fuerzas, los ahuyentaba. No era suficiente con espantarlos: picoteaban al cuerpo mortecino y pestilente. Le sacaron los ojos y toda la sangre y le comieron toda la carne.
Luis, cayó agotado y enfermo, estaba temblando sobre la arena. Hice otra carrucha para trasladarlo al pueblo. Pero, Luis ya no respiraba; aún así, lo monté en la carrucha para llevarlo hasta el final de su camino. Los buitres también comenzaron a picotear su cuerpo mortecino y pestilente. Le sacaron toda la carne y la sangre.
En ese momento de la muerte de Luis: el segundo hombre de la túnica negra llegó hasta las cercanías del pueblo. Igual que el primer hombre (vestido con túnica negra) nadie lo conocía. Lo vieron entrar hasta el final del camino y se metió en el cementerio. Todos en el pueblo supieron de la muerte de Luis.
Yo era el único sobreviviente; arrastraba los cadáveres de mis hermanos. Y traía una bandada de buitres que seguían mis pasos.
A lo lejos divisé al pueblo de Juan Dolores. Pero no pude ver más y caí desmayado. Un hombre, un tercer hombre de túnica negra, se acercó. Yo estaba consciente: me tomó el pulso y verificó mi respiración; no sabía si yo era un muerto más.
El hombre de la túnica negra amontonó mi cuerpo junto con los otros cadáveres; nos arrastró hasta el pueblo y —al final del camino— nos lanzó en el cementerio.