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La niña de los caminos | Cuento

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Cuenta la leyenda, que antes que se inventara la energía eléctrica, los caminos solo eran iluminados por la luz de la luna, cuando esta era muy clara y dentro de los pueblos por antorchas y lámparas a base de carburantes en el mejor de los casos. Sin duda esa época fue el reino de las sombras y criaturas tenebrosas.

Sin embargo, eso no era obstáculos para que aventureros, amantes de la bebida y sobre todo bandidos, anduvieran a sus anchas por esos oscuros senderos, buscando nuevas experiencias, calmar su sed o una nuevas víctima.

Bernardo, que sin mucho esfuerzo cumplía con las tres descripciones anteriores, tenía ya un rato largo montado en su asno, iba de regreso a su casa después de una noche de farra con los amigotes de la taberna del pueblo.

De pronto, en la distancia escucho algo parecido a un llanto que se hacía más claro a medida que avanzaba. En esa penumbra tan densa, no podía ver nada por más que se esforzaba. Detuvo a su Rocinante y como por arte de magia sintió una presencia justamente al lado de él.

La criatura sollozaba, él se apio de la bestia y se acercó. Asombrado pudo comprobar que se trataba de una niña de cinco o seis años. Enseguida se arrodilló y consolándola le preguntó:

-¿Qué estás haciendo aquí?, ¿Dónde queda tu casa?

La niña todavía con sus sollozos, respondió que su casa quedaba más adelante, enseñándole con su manito una luz muy brillante como una estrella, que parecía más lejos que más nunca.:

Dudando entre hacer el mal o hacer el bien, la acomodó en el burro y se montó para llevarla hasta donde ella había indicado.

Comenzaron su recorrido y todo parecía muy normal, hasta él comenzó a contar una historia para quitarle el miedo a la pobrecita, que a ratos se reía con una carcajada desproporcionada para su edad.

Así fueron pasando las horas y la luz que perseguían siempre parecía estar a la misma distancia que al comienzo.

Ya Bernardo estaba sintiendo en algo parecido a la desesperación, de paso la niña tenía rato sin decir palabra, y supuso que estaba dormida.

Cuando de repente oyó una voz, que para nada se le pareció a una criatura de este mundo, con un tono, que de solo escucharlo erizaba lo pelos, las siguientes palabras:

- Mira mis piernas Bernardo, ¿No son hermosas?

Él volteó con una sensación de vértigo que recorría todo su cuerpo, y lo que vio le heló la sangre. Las piernas le arrastraban por el suelo, tan largas como la de un monstruo deforme.

Volvió su rostro hacia el camino, no dándole crédito a lo que acababa de ver. De pronto, escuchó la voz de la supuesta niña, que de una forma aún más enfática le dijo:

- Mira, mira mis brazos, con ellos les doy fuertes abrazos a los hombres guapos como tú.

No podía dar crédito a lo que miraban sus ojos, sus brazos colgaban hasta el suelo y eran peludos como el de una bestia salvaje.

Ya presa de un pánico de muerte, comenzó a rezar un Ave María pero un manotazo en la cara, junto a un cállate, lo detuvo.

Otra vez, el engendro que llevaba atrás le dijo:

- Mira, mira mi cara, porque será lo último que veas en este mundo.

Contra su voluntad y obligado por una fuerza descomunal, miró a la niña que ya no era tal. Su cara era lo más espantoso y horripilante que hubiera visto jamás. Sintió algo como una mordida y se desmayó.

Al día siguiente, las autoridades del pueblo informaron que se había encontrado a un hombre en la madrugada, con el nombre de Bernardo Vidal, junto a su bestia muerta a la orilla del camino, con varias mordeduras, además de su cuerpo quemado como si hubiera estado en un incendio, o se hubiera topado con el mismo diablo.

Este cuento, nos vino de la antigua España y se fue regando generación tras generación, de abuelos a nietos, pero no corrió con tanta suerte como otros que todavía se escuchan en nuestra tierra. Hasta pronto.

La niña de los caminos | Cuento | Ecency