Hoy he vuelto a pisar las aulas para comenzar mi tercer año de la carrera de Francés. Estudiar idiomas es abrir ventanas a mundos nuevos; me encantaría aprender muchos más, pero está claro que por algo se empieza, y cada paso en este camino se siente como una conquista.
Sin embargo, la emoción del primer día vino acompañada de un nudo en la garganta al entrar al aula. Lo primero que me chocó fue ver los asientos vacíos, notar el silencio de los pasillos y comprobar que somos muchos menos estudiantes que el año pasado.
Las ausencias duelen porque tienen nombre y rostros amigos. Algunos se quedaron atrás en el camino, otros se fueron del país empujados por la desesperación de buscar un futuro fuera, y muchos simplemente tuvieron que soltar la carrera por el peso de la situación económica. Ver cómo la realidad económica y migratoria va vaciando las aulas te deja una sensación agridulce: por un lado, el orgullo de seguir apostando por lo que amas; por el otro, la tristeza de los que ya no están sentados al lado tomando notas.
Aun así, hoy elijo mirar hacia adelante. Por los que seguimos aquí, por los que ya no pueden estar, y por la convicción de que cada palabra en francés que aprendo hoy es un acto de resistencia y esperanza.