Te estaré esperando, en cada atajo de aire, a sendos pasos de viento, a favor del viento suave y contra el aire violento.
Te llevaré de mi mano, inhalando recorridos, exhalando vericuetos, asfixiado en remolinos, aliviado en recovecos, donde labios se coronan en un lecho de esperanza con el soplo de mi boca en tu cueva de jactancias.
Y en altares de silencios, lento vuelo de alabanzas con negras alas de mi beso que arrastrarán las palabras.
Te estaré esperando, como se aguarda a una madre, cuando no existe el tiempo, y el hijo sucumbe de hambre al envejecer por desvelos.
Te seguiré enamorando, en un lar de tibias sombras que halagan el mural de la llegada inspirando tu rosal de sacrificios bajo un sol que nunca calla, que presiente en mutuo duelo, el amén de un amor en el camino, ocaso de entelequia que se toca, que con dolores amanece sublimada.
Y abriendo costuras de portentos, hay ventiscas de querencias a la brasa, impaciente porque logre tal momento para hacerte el amor con todo el alma.