Había una vez una princesa indígena que vivía en compañía de muchos animales entre ellos, un tigre llamado Cavito y un mono de nombre Guiña. La choza estaba construida cerca de un lago, estaba cubierta con palmas de moriche y pilares de palos fuertemente enterrados, en ese lugar la princesa se acostaba todas las tardes en su hamaca, meciéndose de un lado a otro, mirando el majestuoso paisaje.
Ella no podía caminar por mucho tiempo en la selva porque su cuerpo se agotaba rápidamente, por esa razón sus amigos Cavito y guiña, la seguían cada vez que andaba por algún lugar.
Cierto día en la mañana al despertar, se da cuenta que no tiene alimentos y decide con mucho temor sabiendo su condición, ir a recolectar frutas y cultivos. Durante una larga travesía para llegar hasta el lugar, sintió que no podía seguir ya que su cuerpo no daba para más.
Cerca del lugar se encontraban integrantes de una tribu que estaban invocando a los Dioses, Cavito y guiña al ver a su amada compañera caer al suelo, salen de inmediato a buscar ayuda, llegando a un lugar donde habían personas extrañas, sus caras estaban pintadas de color negro y rojo, de sus cuellos colgaban unos collares muy coloridos.
Los animales comenzaron hacer un ruido estremecedor, llamando la atención de un hombre anciano, que poseía gran sabiduría llamado el Piache, quien sin pensarlo junto a los demás integrantes siguieron los rastros de estos dos animales, llegando al otro lado de la tribu. Mirando de un lado a otro pudo ver una hermosa jovencita tirada en el suelo húmedo totalmente inconsciente. Le dio a beber de una botella que contenía algunas ramas que siempre carga en su morral, la princesa en pocos minutos despierta, sin saber que había ocurrido.
Estando serena, le explica a estas raras personas de su condición, ellos murmuraron entre sí, llegando a la conclusión de que un espíritu se había enamorado de ella y no le permitía caminar muy lejos para que nadie pudiera ver lo hermosa que era. Angustiada les pide ayuda para deshacerse de ello. La llevaron para la comunidad indígena, ofreciendo un ritual dando un baile y rindiéndole un sacrificio al espíritu para que soltara su cuerpo.
Luego de eso el piache le hace un despojo limpiándola toda su alma para que jamás fuese poseído. La joven regreso a su choza con sus dos grandes amigo que salvaron su vida, prometió cuidarlos y darles de comer siempre y aunque sus lenguas, creencias y costumbres eran diferentes, se sentía muy feliz porque podía mostrar grandes avances en técnicas de agricultura y pesca, que le permitieron sustentarse por mucho tiempo.