Esa igualdad utópica que nos quieren imponer los progresistas a través de la coerción del Estado está destinada al fracaso. Porque, primero; somos todos individuos únicos y diferentes. Segundo; hombres y mujeres somos, gracias a Dios (si uno es creyente) o a la evolución (si uno no se es creyente) biológicamente diferentes, empezando por nuestros genes y terminando en nuestros cuerpos y cerebros. En lugar de maldecir nuestras diferencias debemos celebrarlas como lo que son; una bendición.