Si hubiera ocasión en esos cielos infinitos, donde se levantan esos Campos Elíseos que son morada de almas nobles, me gustaría encontrarme con aquél memorable cantor de sí mismo, cuya antología poética comenzaba con aquélla frase mágica de ‘érase un niño que se lanzaba a la aventura’.
Y discutir con él, acerca de la belleza de esas hojas de hierba, ligados a los caprichos de un viento que viene y va y comparables, en el poético universo de las metáforas, a aquél patio de Sevilla de la niñez de Antonio Machado, donde crecía el limonero.
Ver que la vida es eterna, que la hoja caída es el canto de esperanza de la hoja nueva y que el susurro de una hoja al caer es el primer llanto a la vida de la hoja que vuelve a nacer.
Sí…¡cómo me gustaría encontrarme con Whitman, que está en los cielos!.
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