Incluso aquéllos que cayeron a las eternas cavernas de los abismos, según relata el Génesis y Milton bien que nos lo describe en su Paraíso Perdido –que posiblemente, sean los mismos que actuaron de donjuanes con las hijas de los hombres y les enseñaron, además, las artes de la brujería- los ángeles siempre han sido un fascinante enigma y una constante en la aventura vital de la Humanidad.
Bien sea por no destapar viejos, matusalénicos entuertos o quizás con la pretensión de poner de manifiesto su relación tan particular con ese lenguaje del Universo, que es la música, la imaginería medieval, también los representó como orquesta celestial, capaz de promover las más variadas sensaciones, incluso en aquellas sensibilidades cuya costra puede parecer tan dura como el cemento armado.
Emulando al rey David –seguramente el más famoso de los arpistas de todos los tiempos- o tomándoles el relevo a los Veinticuatro Ancianos del Apocalipsis, cuya imaginaria sinfonía puede intuirse en numerosas portadas de templos románicos, hubo artistas que recrearon con la magia de sus pinceles, la más fantástica y armónica de las orquestas.
De ahí, posiblemente, provenga el origen del dicho popular, ‘cantar como los ángeles’, aunque C.G. Jung iba más lejos todavía, pensando en ellos como en la fuerza mediadora o conciliadora entre la materia y el espíritu.
Pero claro, como suele ser habitual, no es un ángel todo lo que tiene alas y podría decirse que hay Ángeles y sucedáneos de ángel.
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