Un cuento de Navidad – Primera Parte

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Era la tercera vez, en el transcurso del último Eón Navideño, que se repetía la misma historia: cada vez que el Arcángel Miguel procedía a realizar la revista reglamentaria prenavideña, San Pedro se ausentaba sin permiso de la Garita del Elíseo, dejando las
Puertas del Cielo abiertas de par en par.

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Todos en el Cielo sabían de los escarceos de San Pedro, cuya gran afición por la pesca –no en vano, en su vida mortal había sido pescador de hombres- le llevaba a abandonar provisionalmente su trabajo de portero, para acercarse hasta las orillas del Leteo y enzarzarse en triviales discusiones con todos aquellos que se encontraba en su camino, que generalmente eran soñadores que caminaban por las orillas con el fin de encontrar en el olvido el remedio más eficaz para recuperar la cordura y volver a poner los pies sobre la tierra. Porque todos sabían, además, que entre las propiedades de las aguas de tan singular río, estaba la del vaciado de memoria, como paso previo a un posterior reciclaje, decisión que había sido estimada con el fin de evitar saturaciones en el Limbo, que amenazaban con convertirse en algo tan desastroso, como los Ertes en España.

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De manera, que cada vez que San Pedro se acercaba al lugar, olvidaba por completo que tenía que regresar a sus obligaciones de Portero Oficial del Cielo y Miguel no tenía más remedio que enviar a un Serafín en su busca y hacerle regresar antes de que se colara nadie que no estuviera previamente homologado por la Comisión de Tránsito.

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Esto le acarreaba también algunos inconvenientes, pues en estas fechas, cuando el Solsticio de Invierno señalaba el jubilar periodo de la Natividad, los serafines estaban particularmente ocupados en la preparación del Gran Concierto de Navidad, que se realizaba en honor de la Santísima Trinidad. Pero en ésta ocasión en particular, el Arcángel Guerrero cruzaba meditabundo las puntas de sus divinas alas, porque se daba la circunstancia de que el músico agraciado en el Sorteo había sido Jimmy Hendrix y Miguel temía que se produjera una rocambolesca interpretación.

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A ese temor, había que añadir la invitación que todos los años el Padre remitía a Mefistófeles, quien siempre aprovechaba la ocasión para mal meter en el músico elegido por sorteo e intentar convertir el honorable acontecimiento en una desagradable pachanga dominguera. De hecho, si en el último intento fracasó, fue porque el músico elegido fue Ludwig van Beethoven y todo el mundo, excepto Mefistófeles, sabía que el genial compositor estaba más sordo que una tapia, circunstancia que todavía seguía recordando, porque nunca había tenido intención de acercarse a las aguas del Leteo y su memoria, que se encontraba intacta, recordaba todavía su dramática enfermedad.

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[Fin de la Primera Parte]

AVISO: Tanto el texto, como las fotografías que lo acompañan, son de mi exclusiva propiedad intelectual y por lo tanto, están sujetos a mis Derechos de Autor.
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