Recuerdo que hace años, visitando un antiguo monasterio cisterciense situado en los misteriosos Montes Torozos vallisoletanos, el hermano lego que me permitió el acceso al claustro, me dijo, señalándome los escalones de una antigua portada bizantina del siglo XII, que a través de ellos se accedía a la iglesia y que al subirlos, varios siglos me contemplaban.
Y tenía razón, puesto que había sido tan reformado el monasterio, que apenas franqueados esos tres miserables peldaños, uno se veía asaltado por diferentes estilos arquitectónicos, que por sí mismos constituían metafóricos relojes, cuya no menos metafórica arena, señalaba épocas que podían definirse por siglos.
Ese recuerdo, acompañado de la inaudita sensación de aquél memorable episodio, volví a tenerlo recientemente, mientras me pateaba, indolentemente, una de esas viejas ciudades castellanas, que aun mirando al futuro, no pueden sino permanecer ancladas a la fama de su venturoso pasado: Sigüenza.
Sigüenza, la de la medieval estampa, es una de esas veleidosas ciudades, cuyo corazón está parcialmente dividido, pues una parte mira hacia la Vieja Castilla (y León) y la otra, más quijotesca, posa sus pestañas en dirección a La Mancha, que no es otra que esa Castilla, que aun siendo igual de vieja que la anterior, alguien, posiblemente dejándose llevar por la tardía Reconquista, consintió en llamar la Nueva.
La cuestión es, que paseando por sus viejas, estrechas, artísticas y empinadísimas calles, que apuntan como brazos implorantes hacia la imponente catedral, resulta imposible no confrontar lo antiguo con lo nuevo y percatarse de que en el fondo, un simple paseo puede devenir en una imparable sucesión de siglos.
De manera, que vista así de simple la cuestión: ¿quién necesita una complicada máquina del tiempo, como la que imaginó el prolífico escritor británico H.G. Wells?.
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