Hace poco más de un año, que falleció aquél gran cantautor de origen argentino pero de adopción española por mandato del corazón, que se llamaba Alberto Cortéz.
Entre sus grandes éxitos, había una entrañable canción, cuyo título, además de rendirle un merecido homenaje, se adecúa también a titular este post.
No es corriente ver una rosa roja, símbolo, entre otros, de la pasión, en la mano de un ángel negro.
El ángel negro, para que lo entiendan, no es ni bueno ni malo, pero dado que su figura está asociada con la Muerte -¿recuerdan ese curioso Arcano Mayor de la baraja de cartas del Tarot, asociado con el fatídico número XIII?- nos suele causar espanto y posiblemente también repulsión.
Se trata, para más señas, del mismo ángel que le ofreció a Jesucristo el cáliz amargo y la cruz del martirio, poco antes de ser prendido en el Huerto de los Olivos.
Quién y por qué depositó una rosa roja en su gélida mano, es un misterio, pero también puede significar un gesto hermoso, que nos ayude a pensar que quizás en esa metafórica Escala de Jacob que es la existencia, la vida y la muerte no son, sino, simples estaciones en cuyo tránsito sólo somos simples viajeros que en el infinito camino nos perdemos y nos volvemos a encontrar.
AVISO: Tanto el texto, como las fotografías que lo acompañan, son de mi exclusiva propiedad intelectual.