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Parece inevitable que incluso en el mar se dé la antigua historia de Abel y Caín, la suerte de uno y la miseria del otro. Miseria que alimenta, además, el más miserable (y valga la redundancia) de los defectos: el orgullo. Tal vez Joaquín debería leer a Hemingway y ver lo fácil que es perderlo todo cuando la vanidad está por medio. Abrazos, pana.
RE: Hombres de mar/@acostacazorla