Detuvo un poco la marcha, y giró en círculos suaves; a lo lejos Joaquín está levando las nasas; las nasas son unas jaulas inmensas, antes eran de ramas, ahora son metálicas, tienen unas bocas como embudos curvos, los peces entran y luego no pueden salir.
Y Joaquín tiene cuatro y se ve que están repletas, pargos y jureles, catalanas y cachuas; pero Aquiles y él no se hablan desde hace mucho.
Joaquín también lo ve, y vacía rápidamente las nasas en su pequeño bote, mucho más pequeño que el de Aquiles, el bote casi se hunde del peso:
—¿Poco calado, no? —dice Joaquín matando su orgullo.
—Eso no importa —dice Aquiles sin mirarlo.
Pero el agua comienza a entrar en el bote de Joaquín, y los peces llaman la atención de otros más grandes y hambrientos.
Aquiles, sin decir nada, amarra el bote de Joaquín al de él y arranca a todo motor dejando solo una estela de espuma a los delfines y bagres.
En la orilla, donde aún la gente no los oía, dijo Joaquín:
—Toma, agarra esos jureles —y no lo hago por ti, sino por mamá.
Aquiles tomó los peces sin decir nada, rumbo a las pesas; los muchachos esperaban, la mujer y la madre:
—¿Qué agarraste, mi amor? —pregunta la esposa:
—Jurel —responde Aquiles, levantando en su mano el más grande.
A lo lejos Joaquín lo ve:
—Es mi hermano, pero sé que lo mataré —piensa.
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