Mucho han cambiado las cosas, desde aquéllas lejanas disertaciones en las que el filósofo y escritor español, José Ortega y Gasset, pusiera de manifiesto esa aparente e insalvable barrera que existía entre el Arte y la Cultura al servicio de una élite de privilegiados y el Arte y la Cultura destinada al consumo de masas.
Es cierto, además, como afirmaba Ortega, que una de las principales consecuencias en el modo de mirar y entender las obras de Arte entre unos y otros, tenía su origen en que si bien los elitistas eran capaces, por estudio y formación, de mirar y admirar la obra en su conjunto, la masa apenas iba más allá de la simpleza de vislumbrar la historia aparente que contaba.
No obstante lo dicho, España, por su circunstancia, así como por su trayectoria histórica de ‘abeles’ y ‘caínes’, ha sido, hasta tiempos relativamente modernos, un país de minorías exclusivistas, que han mantenido a raya el acceso de la masa popular al Arte y a la Cultura.
Ello ha motivado, que en nuestro convulso pasado, la masa popular apenas concediera importancia a nuestro soberbio patrimonio histórico-artístico, siendo ese uno de los principales factores que contribuyeron a la pérdida de innumerables obras artísticas, que actualmente brillan en museos foráneos, como el neoyorquino The Cloisters.
Ahora bien, de unos años a esta parte, la mentalidad popular ha dado un giro de ciento ochenta grados, consiguiendo que un pueblo que parecía dormido y eternamente abonado al estado de ‘toreros y bailaores’, despertara a una conciencia artística nacional, en la que no sólo ha aprendido a gozar de su herencia cultural, sino también a valorarla y lo que es más importante todavía: a luchar por su correcta conservación.
Esto hace, que nuestros principales museos y monumentos, superados ya los tiempos del privilegio exclusivista, sean una democrática atracción y constituyan uno de los pilares fundamentales de un turismo, tanto interior como exterior, en alza: el Cultural.
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