Corrían, aproximadamente, los años cincuenta o sesenta del pasado siglo XX, cuando en medio de la carrera armamentística y espacial entre dos bloques antagónicos, como eran los Estados Unidos y la Unión Soviética, un oscuro escritor de origen eslavo pero afincando en la América Feliz, Inmanuel Velikovsky, sorprendía al mundo con un libro titulado ‘Mundos en colisión’.
De hecho, el argumento, cuyo título lo dice todo, sirvió de guion para ese Hollywood de segunda categoría, que veía en las series de ciencia-ficción de bajo coste, todo un universo con el que ensayar producciones en cadena, donde sobresalían conceptos como fantasía, imaginación, y por supuesto, ese derecho inalienable que es la libertad, tanto de expresión como de especulación.
La Fotografía, al igual que las teorías de Velikovsky, es también un caldo de cultivo donde ensayar con el poder de sugestión de esos metafóricos mundos en colisión, donde la luz y la oscuridad libran una eterna y genuina partida de ajedrez, donde enroque, defensa, ataque y jaque mate producen escenas, cuyo realismo principal, no es otro que su extraña y arbitraria belleza.
AVISO: Tanto el texto, como las fotografías que lo acompañan, son de mi exclusiva propiedad intelectual.