Hacer música va mucho más allá del talento innato; es el resultado de la constancia y la dedicación silenciosa de cada día. Ya sea integrando una gran orquesta, una banda o cualquier formato, cada hora de práctica a solas es un ladrillo en la construcción de una obra compartida.
La disciplina es el latido invisible que sostiene el arte. Es lo que transforma el esfuerzo individual en una sola voz, recordándonos que la magia de tocar en conjunto nace, irremediablemente, de la responsabilidad diaria con nuestro propio instrumento"Al final, tocar un instrumento no es solo ensayar por ensayar. Para mí, abrir la partitura y leerla es como habitar un idioma propio que te atrapa. Las notas, los signos y los silencios tienen su cuento, y ahí es donde entra la disciplina: sentarse todos los días un rato, incluso cuando da flojera arrancar. Esa constancia es la que hace que el instrumento deje de ser un objeto y se convierta en una extensión de uno mismo."