Los caminos de la Mitología son tan impredecibles, que algunos autores piensan, ineludiblemente convencidos, que son la circunstancia poética que la Historia desdeñó, cuando se convirtió al racionalismo más absoluto.
Hasta entonces, todas las generaciones, cuyos ojos se abrían a las oscuridades espirituales del mundo occidental, veían en los antiguos mitos, un paréntesis existencial, donde la imaginación se perdía en las más elevadas cotas de esa fuente inagotable de belleza, que es la Fantasía.
La caída de los Dioses olímpicos, empujados a los abismos infernales por los misioneros cristianos, dejó desguarnecida esa tierra de nadie interior, donde complementarios y circunstancias, musas y daimones, fueron condenados irremediablemente al ostracismo y sus voces silenciadas.
Pero hubo un periodo, llamado Renacimiento, que indujo a los europeos a mirar atrás, y en esa mirada retrospectiva, los viejos mitos y su herencia arquetípica, volvieron a florecer, reencarnándose de nuevo en un mundo cuyo paladín, es decir, aquél metafórico caballero Don Quijote, capaz de expresarse en el lenguaje poético olvidado, se llamó Arte.
Y una vez redescubiertos, vueltos otra vez a la vida como criaturas golémicas conformadas por el material de la eternidad, que es la piedra, continúan acompañándonos, seduciéndonos con su belleza y expresividad.
AVISO: Tanto el texto, como las fotografías que lo acompañan, son de mi exclusiva propiedad intelectual.