Si hay algo que define también a esa llegada del solsticio de invierno que abre de par en par las puertas de ese mundo de ilusión que es la Navidad, son los mercadillos tradicionales.
Unos mercadillos, que generalmente, a base de humildad y esfuerzo artesanal, compiten, quién sabe si en vano, con el inexorable poder de las grandes corporaciones y sus frenéticos mundos de ilusión.
En ocasiones, coinciden frente a frente y cada uno, a su manera y sujeto a las posibilidades y disposición de un público cada vez más exigente, aportan una nota de color a unas fiestas cuyo verdadero sentido, quizás se esté realmente perdiendo.
Frente a esa ridícula y desaforada manía de ‘tirar la casa por la ventana’ en Navidad, el mercadillo puede ser ese faro atento que devuelva, en base a lo barato y a lo práctico, parte de ese sentido común que parece alejarse de un mundo indiferente al peligro que conlleva dejarse poseer por el terrible fantasma del derroche.
Pero amigos, es Navidad y en Navidad, el deseo parece ser el peor enemigo de la Razón.
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