Domingo por la mañana y como de costumbre, voy a la deriva, sin rumbo predeterminado, por ese metafórico Triángulo de las Bermudas que es el Centro de ese laberinto monumental, que se conoce como Madrid.
El cielo está cubierto y lleno de presagios, como los cuadros de un Greco buscando lo sobrenatural, mientras el sonido de mis pasos por el histórico empedrado me recuerda que camino por la historia de una orgullosa capital, que hoy en día se ve humillada por las restricciones y los confinamientos selectivos.
Atrás quedan la calle Arenal, hermosa vestida de otoño pero huérfana de turistas y la Plaza de la Ópera, que apenas acaba de plantar el mismo árbol navideño que lució las navidades pasadas y que me recuerda, lógicamente, al espíritu del fantasma del pasado del maravilloso cuento de Dickens.
Pienso, luego existo, que hay muchos Scrooges en el mundo, que aunque no hayan oído hablar de Dickens y por lo tanto no hayan leído su obra, seguro que tuvieron también una infancia a la que, truncada o no, pueden acudir cuando la soledad les empuje a vaciar su frustración en el noble ejercicio de recordar.
Apenas quedan ecos de aquéllos nostálgicos del yugo y las flechas que se reunían en la Plaza de Oriente, en estos precisos momentos, sumida, como la Bella Durmiente, en un taciturno sueño otoñal, mientras los oscuros nubarrones, tan oscuros, posiblemente, como aquéllas golondrinas de Bécquer que nunca regresaron a Sevilla, se ciernen sobre el Palacio Real, mientras la imponente figura ecuestre del rey Felipe IV, invita a especular con el misterio.
Pero eso formará parte de otra historia, que tal vez muchos desconozcan y a muchos también sorprenda.
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