Hablaba Antonio Machado, en sus Proverbios y Cantares, de aquéllos ‘ojos que a la luz se abrieron un día para, después, ciegos tornar a la tierra, hartos de mirar sin ver’ (1).
En cierto modo, esta descripción y dudo mucho que nuestro querido poeta hubiera pensado implícitamente en ello, puede definir, básicamente, la sensación que puede producir la contemplación de estos rostros, que los canteros medievales dejaron en sus esculturas, como medio didáctico para que el pueblo, desgraciadamente analfabeto, llegar a alcanzar un mínimo de conocimiento, siquiera fuera interesado, sobre la historia neotestamentaria.
Pero aparte de la linealidad de las tallas –observación realizada por el historiador del Arte, Erwin Panofsky- los rostros del románico iban incluso más allá, trascendiendo la realidad.
Decía a tal respecto el fallecido investigador de la ‘España Mágica’, Juan García Atienza, refiriéndose, en particular, a los ojos de los personajes creados por un anónimo Maestro del siglo XII en el claustro del monasterio jaqués de San Juan de la Peña, que permanecían inmutables, fijos en la eternidad.
Y ese, posiblemente, sea el secreto de este Arte, que durante siglos fue considerado como el arte por antonomasia de la Cristiandad: trascendencia y eternidad, reflejadas siempre en unas miradas, que después de todo, podría decirse que hablan por sí mismas.
Notas, Bibliografía y Referencias:
(1) Al haberse cumplido los cien años del fallecimiento del poeta, su obra ya no está sujeta a los derechos de autor, de manera que puede hacerse acopio en parte de ella, sin perjuicio de violar ninguna Ley, ni infligir acciones que puedan considerarse como plagio, quedando, no obstante, la referencia debidamente consignada y utilizada en este post como un sencillo recurso literario, que no pretende ni atribuirse ni restar nada al mérito del autor.
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