La fotografía, como ocurre con todo en la vida, tiene también sus momentos de ensueño y son posiblemente los mejores, aquellos que aparentemente banales, nos motivan, sin embargo, con la sencillez de su mensaje.
Suele ocurrir, además, que el pueblo, siempre observador y de una lógica consecuente, adoptó lo más objetivo de la crítica poética, para definir, con un estoicismo sorprendente, aquellos fenómenos que impactaban en su medio ambiente y a los que estaba sujeta su propia existencia.
No han de sorprenderse, por tanto, si en esa riqueza tan veraz y consumada que son los refranes, en ocasiones tenga una especial significancia aquél que dice que después de la tormenta, llega la calma.
Puede que se trate, en el fondo, también de una cuestión apreciativa o de una liberación de sensibilidades, muy cercana a la esencia contemplativa que define algo tan introvertido pero a la vez tan significativamente hermoso, como es el pensamiento Zen japonés.
Pero de cualquier manera, no es menos cierto que cuando la tormenta pasa y durante unos minutos las gotas de lluvia permanecen en obstinada perseverancia sobre la superficie grana y pulida de una simple cereza, un espíritu conmovido no puede por menos que rendirse, admirado de su propia gracia, a la gloriosa belleza de lo que, comparativamente hablando, podríamos considerar una lágrima.
AVISO: Tanto el texto, como las fotografías que lo acompañan, son de mi exclusiva propiedad intelectual.